Muchos son los que no pueden entender los motivos por los cuales en tantos países con regímenes democráticos, es decir, donde se supone que es el pueblo el que elige a sus dirigentes, acaban triunfando las ideas de corte marxista que, por su propia naturaleza, tienden hacia la tiranía según la experiencia tiene archidemostrado. ¿Por qué los habitantes de esos países son incapaces de ver lo que ha pasado en donde triunfaron esas ideas? La Unión Soviética, Cuba, Venezuela... la lista es inacabable, tanto en su versión salvaje -comunismo- como en la light -socialdemocracia-. Sin duda, esa ceguera colectiva es un misterio que convendría desentrañar en lo posible por medio del estudio y la especulación. Y no por nada, sino porque si no damos con alguna puerta de salida estamos condenados a la extinción. Porque el comunismo, no se engañen al respecto, es la obra maestra del demonio para acabar con lo que él más odia, o sea, el santo temor de Dios que le dicen unos o prudencia y sabiduría que le dicen otros.
¿Cómo un país como Colombia, que tiene tan cerca el ejemplo venezolano, ha podido elegir como presidente a un tipo comunista al que las manos le chorrean sangre? Y lo más extraordinario del caso es que viene ese carnicero a España y la Universidad de Salamanca se apresura a concederle un doctorado honoris causa. ¡Pero es que aquí se ha vuelto loco todo el mundo! ¡Explíquenmelo si son tan amables!
Pues bien, servidor, en su afán de ser útil, va a aventurar una teoría sobre el porqué de esa locura colectiva. Resulta que, estas tardes veraniegas, incapaz de centrarme en nada, suelo mirar una emisora regional que pone concursos de bolos -me retrotraigo a la infancia-, lamentos por los pueblos semiabandonados -más nostalgia-, y, lo que más atrae mi atención, homilías de sacerdotes con motivo de cualquier evento religioso; homilías, que, por supuesto, no son para echar en saco roto, porque la Iglesia cuida mucho quiénes son los que predican la palabra de Dios cuando se supone que van a tener una amplia audiencia. Así es que he escuchado a auténticos propagandistas de calidad. De hecho, ¿qué es una Iglesia sino un atajo de propagandistas? En el caso de la que aquí parte el bacalao, lleva ya muchos siglos depurando las técnicas para ir adaptándose a los cambios so pena de pasar al baúl de los recuerdos. Así es como han llegado a ese discurso que, si ustedes se fijan con atención, podrán observar que tiene una sutil concomitancia con el de un líder socialdemócrata: igualdad, solidaridad, empatía, paz... todas esas mandangas qui van de soi siempre y cuando el sacrificio lo hagan los otros. Es una lógica elemental para seducir almas cautivas del miedo y la vaguería, cargar el sacrificio de su liberación sobre espaldas ajenas. Así que, mientras haya púlpitos en las iglesias, poco trabajo les quedará por hacer a los líderes, ya sea comunistas, ya socialdemócratas, que tanto da, que da tanto, para ganar las elecciones. En fin, solo es una teoría.
Una teoría en la que me corroboro a la vista de los recientes acontecimientos de, digamos, cuando da la vuelta el aire. Resulta que ha llegado al poder de la nación más poderosa del mundo un hombre iluminado que, de inmediato, se ha dado cuenta de que, sin el control de lo que podríamos llamar la espiritualidad, todo lo demás huelga. Así ha sido que se las haya ingeniado para poner a alguien de su cuerda en la silla de San Pedro. A partir de entonces, han empezado a aparecer curas en las redes sociales, que, en vez de predicar derechos, predican obligaciones, como siempre hizo la Iglesia hasta que, como todas las demás instituciones, fue infiltrada por el marxismo cultural. Recuerden las cosas que decía, no hace mucho, el papa boludo, un tal Francisco, que hizo subir a las redes su enternecedora historia de amor con un perro. Claro, los comunistas estaban encantados con todo eso.
Resumiendo, ésta es mi aventurada teoría: la Iglesia ha sido el pal de paller, que dicen los catalanes, de la difusión del comunismo, en todas sus versiones, por el mundo y, ahora, con la nueva deriva que ha tomado gracias al papa estadounidense, espero de todo corazón que repare, al menos en parte, todo el daño que hizo con sus boludeces.
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