domingo, 23 de agosto de 2026

Coheche vuesa merced

 «Coheche vuesa merced, señor tiniente; coheche, y tendrá dineros, y no haga usos nuevos, que morirá de hambre. Mire, señora: por ahí he oído decir (y aunque moza, entiendo que no son buenos dichos) que de los oficios se ha de sacar dineros para pagar las condenaciones de las residencias y para pretender otros cargos.»

El tiniente, que vendría a ser un comisario de policía o algo así, ha visto a la Gitanilla bailando y recitando por la calle y la ha dicho que al atardecer vaya a su casa. Y allí va la gitanilla con su troupe pensando que va a hacer caja. Pero, a la hora de pasar la gorra, entre el tiniente, su familia y vecinos no sacan ni un cuarto de real. Están todos sin blanca. Entonces es cuando la Gitanilla, que como dice su abuela, sotiliza —es muy sutil—mucho para su edad, le dice al teniente que se deje de leches y que no haga usos nuevos, o sea, que quiera ser un funcionario honrado, porque, así, se va a morir de hambre. Sin embargo, si cohecha, es decir, extorsiona al personal, tendrá dinero de sobra para pagar la multa que le echen cuando le tomen residencia e, incluso, para comprar un nuevo cargo cuando se le acabe el que tiene. 

Lo de los cargos públicos en la época de los Austrias era muy curioso. Eran por un tiempo limitado, al cabo del cual un juez, nombrado por el rey, valoraba la honradez con la que se había ejercido el cargo. A eso le llamaban juicio de residencia o tomar residencia. No se libraba nadie de él; al mismo Cortés le mandaron un juez México para que se la tomase y se libró por los pelos de ir a la cárcel; de hecho, le quitaron el mando y se tuvo que ir a vivir a otra ciudad. A Cervantes también se la debieron de tomar por algún cargo que tuvo, de resultas de lo cual estuvo tiempo en la cárcel... tiempo que por cierto no desaprovecho en absoluto: tuvo allí la oportunidad de tomar muchas notas que luego empleó profusamente en sus novelas.   

Sería muy interesante una tesis doctoral que hiciese un recorrido por todos los procedimientos que implementaron los Estados para paliar en lo posible la corrupción de los funcionarios públicos. Procedimientos que, no hace falta decirlo, fueron todos fallidos. Y es que, como le vino a decir Dios a Samuel cuando éste le comentó que los judíos querían un Estado, el mal no está en los funcionarios, el mal está en el propio Estado, es decir, en el poder. Donde hay poder, dijo Dios, hay abuso; y Dios, no lo olviden nunca, es infalible. Por eso ha sido, y sigue sonando la milonga, que siempre se hayan estado inventando artimañas para limitar las posibilidades de abuso del poder. Juan de Mariana dijo que si el rey abusaba lo que había que hacer era sublevarse y liquidarle; y fue a la cárcel por ello. Luego se sacaron de la manga la democracia con su división de poderes... bueno, no hay más que remitirse a los hechos... lo jodió todo Pericles cuando determinó que los magistrados cobrasen un buen sueldo; a partir de aquel momento la democracia se convirtió automáticamente en el gobierno de los peores, es decir, los más corruptos, que es en lo que estamos.  

En resumidas cuentas, como atestigua con contundencia la sabiduría popular, el que no roba es porque no puede y, el Estado es, precisamente, la artimaña que se han inventado los débiles —los que le pedían a Dios un rey— para poder robar con impunidad. 

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