lunes, 24 de agosto de 2026

Poderosas herramientas

La Gitanilla anda por las calles de Madrid cantando y bailando. Su belleza y gracia es tanta que todo el mundo habla de ella. Así que no es raro que los mancebos pierdan la cabeza por ella. Uno de ellos, un noble rico, la requiebra de amores y para confirmar sus intenciones le entrega una bolsa con cien escudos. La respuesta de la Gitanilla es antológica; se necesitaron cientos de años para que llegase Schopenhauer a intentar, sin conseguirlo, explicarnos mejor que ella qué cosa es eso del enamoramiento. 

 «A mí no me mueven promesas, ni me desmoronan dádivas, ni me inclinan sumisiones, ni me espantan finezas enamoradas; y aunque de quince años, soy ya vieja en pensamientos y alcanzo más de aquello que mi edad promete, más por mi buen natural que por la experiencia. Pero con lo uno y con lo otro sé que las pasiones amorosas en los recién enamorados son como ímpetus indiscretos que hacen salir a la voluntad de sus quicios; la cual, atropellando inconvenientes, desatinadamente se arroja tras su deseo y, pensando dar con la gloria de sus ojos, da con el infierno de sus pesadumbres. Si alcanza lo que desea, mengua el deseo con la posesión de la cosa deseada, y quizá abriéndose entonces los ojos del entendimiento, se ve ser bien que se aborrezca lo que antes se adoraba.»

Leyendo a Cervantes uno tiene la impresión de que poco más, si es que algo, se puede añadir a todo lo que tiene que ver con la condición humana. Por así decirlo, Cervantes la deja niquelada. No quiero ni imaginar lo que hubiésemos tenido que aguantar si Cervantes hubiera sido francés, o inglés: hasta en la sopa le hubiéramos tenido. Pero aquí, en este país, no sé si por grandeza o por miseria de espíritu, tenemos una tendencia irreprimible a la indiferencia, cuando no al desprecio, de nuestros logros. Y por eso es, supongo, que demos la impresión de ser un país de porteras, o chachas, inspiradas por la envidia. Cojan, agarren y busquen en YouTube una sesión parlamentaria en cualquiera de nuestros parlamentos, ya sean, el nacional, ya el de cualquier región, y sabrán de qué les hablo; al respecto, por lo poco que he visto, el de Madrid lo borda... a esa presidenta se le debía conceder la Portería Mayor del Reino. 

Me gusta imaginar lo que sería este país si hiciésemos con los libros de Cervantes lo que hacen los judíos con la Biblia o, sin ir tan lejos, los ingleses con los de Shakespeare. Dejar de lado esas herramientas tan poderosas para la comprensión de uno mismo que el azar puso a nuestra disposición, sin duda, tiene que suscitar la ira de los cielos, que no por otra causa tiene que ser no haya nada que soportemos peor que el éxito de los otros. ¡Puede haber signo mayor de miseria espiritual que ese!

En fin, allá cada cual con sus cruces. En lo que respecta a las mías, puedo asegurarles que pocas cosas me ayudan tanto a sobrellevarlas como la compañía de Cervantes. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario