Domingo de enero, al mediodía, catorce grados a la sombra, una brisa suave que atempera los ardores de un sol radiante; la gente se amontona en las terrazas de los bares y consume aperitivos. Es la comunión de los santos: una misa informal. Es la hora de Dioniso. Uno ve todo eso y es inevitable el recuerdo de cuando participaba. Y entonces reflexionas: ¿qué fue lo que me apartó de esas celebraciones? Primero fue la misa, después los aperitivos. Quizá me equivoqué. No en lo de los aperitivos, sino en lo de la misa.
La misa, pienso ahora, forma parte del debido culto a Dioniso. Un culto equilibrado que embrida la sentimentalidad desatada. Houellebecq lo ha comprendido y por eso acude a misa los domingos. ¿Entonces tú crees en Dios?, le preguntan los sabioncillos. Cuando estoy en misa, sí, les contesta; luego, cuando salgo a la calle, ya no sé. Y se ríe. Sin duda este hombre es uno de los más sabios que ha dado el siglo.
Un catalán que llegó muy alto, también iba a misa. Recuerdo que Arcadio Espada le preguntó por esa extraña circunstancia de su vida. Es que la misa es un buen lugar para la reflexión, le contestó. Dios, los rituales, todas esas cosas que ha inventado el hombre para poder ser civilizado.
La importancia que ha tenido la misa en el desarrollo de nuestra civilización es algo en lo que nunca me había parado a pensar hasta que hace unos días leía la historia de la conquista de la Nueva España de Bernal Díaz del Castillo. El ritual de la misa es algo imprescindible en esa conquista. A veces da la impresión de que fue el motor. Ninguna acción se iniciaba sin la previa celebración. Y lo mismo cuando la acción culminaba con éxito. En la una se encomendaban y en la otra daban gracias. Igual que en la Ilíada, la relación del hombre con lo divino es el hilo conductor de toda la historia.
Lo que me pregunto ahora es si ese sustituir el templo por las terrazas no estará en el origen de este desgavelle que nos señorea. Porque la terraza es la sentimentalidad desatada. Es el culto de las bacantes -las madres se comen a los hijos- en las faldas del Helicón, la colina cabe Tebas, la ciudad griega que fue pionera en el cultivo de la vid... perdonen mi erudición.
Me pasa lo mismo que a Houellebecq. Voy y misa y soy el más creyente, aunque la misa la de un negro de Gabón . Lo curas europeos escasean, y a este , se le entiende echándole mucha imaginación . Nos volvemos sentimentales y místicos con los lustros. Bienvenidos sean.
ResponderEliminarEs que como espectáculo no está nada mal. Hay que reconocerlo.
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