Cinco duros, suponía la abuela, ayudaban a dar seguridad a su nieto. ¡Benditos cinco duros! Es una creencia muy arraigada y, a mi juicio, no le falta fundamento, aunque también pienso, porque me conviene, que no todos los fundamentos son sólidos y, del que menos me fío es del que proporcionan los cinco duros, si bien, reconozco que pueden servir para levantar el vuelo.
El problema es que levantar el vuelo, de por sí, no es gran cosa. Lo interesante es saber mantenerlo, lo cual exige no pocas cualidades que no siempre son dadas, sino que hay que cultivarlas. Y aquí es donde tenemos uno de los grandes problemas de la humanidad, que no siempre se va a Salamanca a buscar lo que natura non da; más bien se suele recurrir a incrementar los cinco duros por considerarlo mucho asequible y, a la postre, rentable.
En fin, que les voy a decir que no sepan del poderoso caballero Don Dinero. Y, también, sobre la imposibilidad de no sentirse menos que cualquiera unas cuantas horas al día... hasta que empiezas a tomar aperitivos y recobras la autoestima. La autoestima, directamente proporcional al grado de embriaguez. Por eso la abuela de mi amigo bien le podría haber dicho: toma cinco duros para que vayas por ahí a tomar algo... por ejemplo, clases en Salamanca, que también embriagan.
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