sábado, 29 de marzo de 2025

El cóndor pasa

El cóndor de los Andes despertó
Con la luz
De un feliz amanecer
Hmm, hmm

Sus alas, lentamente, desplegó
Y bajó al río azul
Para beber
Hmm, hmm

Uno no sabe qué pensar de todo esto. Me refiero a la historia de un cóndor que fue encontrado herido e incapaz de volar. Fue llevado a un centro de recuperación donde le curaron. Luego le llevaron a la cumbre de una montaña para soltarlo. Un vídeo nos muestra este último paso. El cóndor está sobre una peña, al borde del abismo. A su alrededor un inmenso gentío. Suenan los clicks de las cámaras como cuando una estrella del cine transita por la alfombra roja. El cóndor extiende sus alas. Las recoge. Las vuelve a extender y se gira hacia el respetable. Se vuelve a girar hacia el abismo. Hace un intento. Pero no; vuelve a girarse hacia el respetable. Como la cosa empieza a ser aburrida deciden ponerle al asunto una música de esas con mucho intervalo de quintas. Para darle grandiosidad, supongo. Ya son más de cuatro minutos conteniendo el aliento. Por fin, el cóndor salta. Un clamor indescriptible se levanta de la turba animalista. El cóndor se posa en una roca unos cientos de metros más abajo. Como no se mueve de allí, ni parece que tenga intención de hacerlo, deciden dar por terminado el vídeo. ¡Bueno, hemos echado el día!, supongo que irían exclamando satisfechas todas aquellas gentes mientras descendían en sus cuatro x cuatro subvencionados desde el soleado techo del mundo a los valles umbríos. 

El vídeo en cuestión tiene 33 millones de visualizaciones. Se ve que es un tema que mola. Y aquí es donde reside mi perplejidad, ¿por qué mola tanto una cosa tan anodina? ¿Qué se pretende demostrar con ese interés por las cosas de los animales? Porque mira que son cosas simples. A veces curiosas, como el canto de algunos pájaros. A veces, útiles, como los caballos, las vacas, los perros, los gatos, y todos aquellos que se dejan domesticar a cambio de que les garantices el alimento. Por lo demás, Dios te libre de toparte con uno de ellos que tenga hambre; porque su instinto es comerte. 

No entiendo nada de todo esto ni he encontrado a alguien que me haya podido dar una explicación medianamente convincente del fenómeno animalista. Me crie en un lugar en donde los animales estaban para lo que estaban. El caballo de la panadera, por la noche hacía girar el mecanismo que removía la masa dentro de la artesa; por la mañana arrastraba el carro con el que se repartía el pan por todo el territorio. Cuando ya no funcionaban, al matadero; por muy viejos que fuesen, para hacer chorizos siempre servían. Así es que, de forma instintiva, siempre he asociado ese amor gratuito a los animales con la falta de inteligencia. Lo siento, pero no puedo remediarlo.

Claro que, puestos a pensar, uno se da cuenta de que cualquier actitud humana a la que no hay forma de encontrarle explicación, seguramente no es más que un intento fallido de huir del aburrimiento... o de la inseguridad. Y, de ahí, supongo, el negocio de las modas: suministrar ideas para esos intentos fallidos. Cuanto menos inteligentes, o más cobardes, más adictos a las modas que, como el cóndor, pasan, y vuelven al cabo de un tiempo para volver a frustrar a los incautos.

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