Yo lo sigo intentando y, en ocasiones, hasta me parece que lo he conseguido. Ayer, por ejemplo, tocando el Claro de Luna de Debussy, de pronto caí en la cuenta de que estaba trasportado. ¿Cuántas veces he ensayado esta pieza? Mil, cinco mil... y así todo se me va el santo al cielo a nada que me descuido. Pero, ya digo, insisto y me he creado un repertorio con el que se me van las horas en armonía con las esferas celestiales, es un decir.
Estoy casi convencido de que no existe un conocimiento más útil que el de la música. Por muchas razones, pero hay una que no se suele tener en cuenta y que, sin embargo, es decisiva: desarrolla como ninguna otra actividad lo que el Padre Astete llamaba las potencias del alma, a saber, memoria, entendimiento y voluntad. Así es que el que se sometió de niño a las torturas del aprendizaje musical luego tiene chupado aprender cualquier cosa que se proponga.
Conozco bastantes ejemplos sobre el particular; mis hijas sin ir más lejos, que se fueron a Inglaterra y se sacaron una licenciatura como si tal cosa mientras estaban trabajando. Pero hay un caso en España que es realmente sorprendente. Se trata de Mabel Millán, una mujer que a los quince años ya andaba por ahí dando conciertos de guitarra y que a los veintiocho ya era fiscal, actividad a la que se dedica actualmente por considerarla mucho más apasionante que lo de los conciertos. Y, para colmo, la condenada es físicamente agraciada a rabiar.
En fin, vete tú a saber porque en esta vida siempre estamos suponiendo que lo que nos agrada es la verdad. Pero esta suposición de la música tiene a su favor el sacrificio. No hay nada que se repita más en todos los textos sagrados, a lo largo y ancho del mundo, que el valor del sacrificio: nuca los dioses dejaron de recompensarlo. Y a la postre, eso es lo único que importa en esta vida: el favor de los dioses.
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