Hay en YouTube unos vídeos en los que se ve la espectacularidad de las obras públicas que se están llevando a cabo en China. Es evidente que a la gente le encanta visitarlos porque a los pocos días de colgados ya tienen muchos millones de visitas. Y es que no hay nada que a los humanos nos ponga más que tener la sensación de que se está doblegando a la naturaleza. En definitiva, eso es lo que nos hace sentirnos como dioses.
Todo lo que hace el ser humano, en principio, está motivado por la necesidad de asegurarse el sustento. Y, una vez se tiene la sensación de que ya se posee ese objetivo, lo siguiente es procurar por todos los medios la distracción del espíritu de la inevitabilidad de la muerte. En eso consiste todo: el primer objetivo, relativamente fácil; el segundo, imposible de alcanzar.
En realidad, esto que estamos viendo en China se va pareciendo cada vez más a lo de aquella torre que estaban haciendo en Babel para llegar al cielo. Los chinos han conseguido por fin poder llenar el estómago a diario y, en vez de pararse a dar gracias a los dioses por ello, pareciera que les hubiese dado un ataque de soberbia. Cuando los pueblos son civilizados nunca utilizan sus primeros ahorros para construir obra civil para poder ir más deprisa de un sitio a otro o para ganar supremacía sobre sus vecinos, no, lo primero que hacen los civilizados con sus ahorros y tiempo libre es levantar templos a sus dioses para mejor poder darles las gracias por los dones recibidos. Es la humildad de los civilizados contra la soberbia de los bárbaros.
Pocas convicciones tiene la humanidad más arraigadas que la de que todo lo que sube, baja... y vuelve a subir. Es la lógica del seno y el coseno en un plano cartesiano. Todo en la naturaleza funciona así. Y, si no, que se lo digan a los hombres. Pero no solo es eso; también es ley que todo baja a la misma velocidad, si no más, que a la que había subido. Ya saben: padre bodeguero, hijo millonario, nieto pordiosero... son los hijos del pordiosero los que vuelven a resurgir.
Así que, señoras y señores, levanten templos a los dioses y déjense de mandangas. Porque en teniendo comida, es lo único que se necesita para que el tránsito por este mundo sea llevadero. Por lo demás, siéntense y permanezcan atentos, porque no puede faltar ya mucho para el gran batacazo de los chinos. ¡Está cantado!
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