lunes, 3 de marzo de 2025

Mudarra

El Poema de Mio Cid me parece bastante simplón por comparación con el Cantar de los Siete Infantes de Lara. Es una cuestión de tramas, que en el caso del Poema del Cid se simplifica mucho al entrar en juego la burocracia del Estado. Por contra, en el caso de los Infantes la justicia se la toman por su mano, lo que obliga a elaboradas maniobras. En realidad, tanto el uno como el otro son argumentos que hemos visto en muchas películas del Oeste; pasiones desatadas cuyo desenlace está mediatizado por el estado en que se encuentra la justicia del Estado, valga la rebuznancia. Si todavía no han llegado los jueces al pueblo las cosas se complican mucho y la película es mucho mejor. 

Sea como sea, en el Poema del Cid hay dos villanos, los Infantes de Carrión, y en el Cantar de Lara, una villana, Doña Lambda. Los unos y la otra son la personificación del mal que necesita cualquier historia para trascender. Personificación del mal que, como no podría ser de otra manera, tiene que acabar perdiendo la partida so pena de que la historia deje de tener carácter ejemplarizante y, por tanto, caiga en el olvido. 

El papel de la justicia en el proceso civilizatorio de la humanidad es clave. Todo el mundo sabe por instinto de conservación lo que está bien y lo que está mal. Más o menos lo que Moisés bajó del monte escrito en unas tablas de piedra. El problema estriba en que por la propia naturaleza de las cosas a medida que alguien va adquiriendo poder sobre los demás se le van difuminando los límites entre el bien y el mal. Y ¿cómo es posible, entonces, la justicia? ¿Quién pone el cascabel a ese gato? Por eso nunca ha habido justicia, ni la hay, ni la habrá, más allá de la que uno mismo se pueda proporcionar por los propios medios: ya sea por las armas, ya sea por el ingenio. 

Y en esas estamos. Ayer me mandaron unos cuantos artículos, escritos por sesudos intelectuales, en los que se trataba de arrojar algo de luz sobre los acontecimientos en curso a propósito de la guerra que está teniendo lugar en Ucrania. Ni uno solo de esos sesudos mencionó, ni siquiera de pasada, lo que, para mí, es la madre de todas las villanías: tratar de imponer por la fuerza un idioma a gente que ha nacido y se ha criado con otro... con el agravante de el idioma que te quieren imponer es de inferior calidad al tuyo -sirve para entenderse con menos gente-. Eso lo he vivido yo en Cataluña y sé lo que es. Emputecer gratuitamente la convivencia llamo yo a eso. Y luego pasa lo que pasa. Siempre estamos en las mismas: el poder por naturaleza tiende a decrecer y, entonces, en el inútil intento de mantenerse, se hace arbitrario e instiga la guerra que, vendría a ser, entonces, la justicia por su mano... como cuando Mudarra vengó a los infantes de Lara. 

En fin, la historia de la humanidad, qué cosa más reiterativa. Menos mal que se inventó la guitarra porque, de lo contrario, esto sería insufrible.  

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