domingo, 9 de marzo de 2025

Expulsados

La historia del mundo sigue su curso al ritmo que le marca el hombre con sus pequeños descubrimientos. Cualquiera de esos descubrimientos trastoca la precaria estabilidad imperante y hay que dedicarse, entonces, a recomponerla. De hecho, siempre se está en fase de recomposición porque nunca se ha dejado de descubrir cosas que, en primera instancia, deberían servir para facilitarnos la vida. En el mundo antiguo se inventaron mitos para describir este fenómeno y, curiosamente, todos ellos coinciden en que lo que los descubrimientos te facilitan la vida, por un lado, por el otro te la complican. A la postre, hagas lo que hagas nunca podrás volver al paraíso del que te expulsaron el día que descubriste que utilizando un garrote podías matar mejor a tu vecino... así fue el comienzo de esto que llamamos tecnología.   

Miro a mí alrededor, aquí, en esta sala de estar, y compruebo hasta qué punto me he complicado la vida. Dependo de tantas ortopedias para sobrellevarla que debería sentir pena de mí mismo. Quizá, en vez de pena, lo que siento es una fina ansiedad a causa de la inevitabilidad de que alguna de esas ortopedias deje de funcionar y ponga al descubierto mi discapacidad. Y es que nos hemos sofisticado tanto que somos tremendamente vulnerables. El miedo nos atenaza y, de ahí, que siempre estemos pensando en ponernos la venda antes de estar heridos. 

Simplificar las necesidades siempre ha sido un sueño que, quién más, quién menos, todo el mundo tiene. Te vas a YouTube y eliges uno de esos vídeos, con millones de visitas, en los que un tío se va a lo más recóndito del bosque con cuatro herramientas y se pone a construir allí un refugio. Es una ilusión, porque el simple hecho de que tú lo estés viendo ya quiere decir que, de cuatro herramientas, nada; de entrada, habrá necesitado un sofisticado sistema de filmación. Pero da igual porque, como digo, lo que cuenta es la ilusión de que se puede vivir sin apenas nada, dedicando tu tiempo a... aquí empiezan los problemas, porque está en la esencia de la especie el utilizar el tiempo para sofisticarse. Recuerdo que en un viaje en bicicleta por Castilla que hice con mi nieto, recalamos en un pueblo abandonado en el que se había instalado un anacoreta. Estuvimos allí un buen rato charlando con él. Nos enseñó su cuchitril al que no le faltaba un perejil y, luego, nos sentamos a la puerta a recibir doctrina. El tipo, sin duda, no estaba muy convencido de lo que hacía e intentaba afianzarse buscando la aquiescencia de los incautos a los que pillaba. ¡No os vayáis todavía, no os vayáis!, nos gritaba cuando nos alejábamos. El asunto no tiene solución: una vez adobado el cuchitril el tipo se aburría de muerte y su única escapatoria era practicar en lo posible el vampirismo... lo que vendría a ser la sofisticación suprema para los ociosos. 

 En definitiva, siempre estamos en las mismas, tratando de utilizar una puerta falsa para reintroducirnos en el paraíso. 

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