Al abrir esta mañana la página de YouTube he descubierto que prácticamente todos los vídeos que contenía estaban dedicados a la música. Los algoritmos no fallan: si te perciben obsesionado con algo, echan más leña al fuego. Y es que, cada vez más, la música se va erigiendo en el clavo ardiendo al que me agarro. Se me van las más de las horas del día, por un lado, escuchando las viejas melodías que me configuraron y las nuevas con las que pretendo insertarme en el presente, y, por otro, luchando a brazo partido por conservar y afinar mi magro repertorio.
La música, dicen, es el lenguaje de las emociones. Seguramente es verdad, aunque, en cualquier caso, sea lo que sea, es uno de los grandes misterios de la naturaleza que el ser humano ha tratado de desmenuzar llegando en su empeño a cotas casi sobrenaturales. Así es que cuando te adentras en ese mundo te das cuenta de que nada hay que diferencie mejor a las personas que el conocimiento o no conocimiento de lo que es el ciclo de quintas. Es la sofisticación llevada al paroxismo; no tengo ni idea como se pudo llegar a tanto, pero puedo suponer que fue el resultado de miles de años de lucubraciones por parte de miles de mentes privilegiadas.
El ciclo de quintas es la jerarquización de los sonidos en función de la frecuencia de las vibraciones que los producen y siempre en relación con el tamaño de las sucesivas membranas -una para cada frecuencia- que hay dentro del caracol que tenemos en el oído. Al final todo es fisiología, que, a su vez, son números: 1/2, 2/3, 3/4, 4/5,... digámosle, la secuencia armónica.
Así que allá cada cual con lo que hace con su vida, pero quiero que sepan que es muy difícil camuflarse tras el muro de la cultura y el buen gusto si se desconoce lo que es el ciclo de las quintas. Uno es lo que es por lo que sabe; lo demás es trampantojo.
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