Supongo que cualquier señorito de mi edad que se pare un poco a pensar llegará poco más o menos a las mismas conclusiones que he llegado yo. La primera y fundamental es que a efectos de conocimiento estoy en las que estaba cuando llegué a este mundo; o sea, nada de nada. Estoy convencido de que es imposible saber más allá de cuatro chuminadas que de poco sirven a efectos de sosegar el espíritu. Lo segundo es que daría cualquier cosa por no haber hecho muchas cosas de las que hice; todas esas cuyo recuerdo me asalta la conciencia con persistencia produciéndome un sentimiento de vergüenza insoportable. La tercera es el pesar por no haber sabido orientarme hacia algo de fuste; o, lo que es lo mismo, por haberme dejado guiar en los inicios como un cordero al que llevan al matadero.
El señoritismo es demoledor. Te educan en la creencia de que por el hecho de haber nacido donde has nacido ya tienes hecho la mitad del trabajo de la vida. A partir de ahí vas de descalabro en descalabro, acumulando el rencor necesario para dar en ideologías con las que se trata de ocultar la verdadera intención que no es otra que el vivir del trabajo de los demás. Así es que nada define tan bien a una sociedad decadente como la abundancia de ideología.
En fin, ¡menudo día que tengo! Voy a ver si entre los preludios y choros de Villalobos y la lectura del Quijote me curo un poco.
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