miércoles, 5 de marzo de 2025

Le grand rouleau

 Fui educado por mis padres en la idea de que todo lo que decían los periódicos era mentira, salvo las esquelas. Y, eso, con reservas, porque se conocían casos en los que los familiares se habían adelantado a los acontecimientos y habían encargado la esquela del muerto que estaba muy vivo. Así fue que, como me lo habían dicho mis padres, fue necesario padecer los sofocos de una larga adolescencia para aceptar su amargo veredicto. Leí periódicos y vi telediarios hasta bien tarde, aunque, por comparación con mi mundo circundante, fui pionero en prescindir de esas emponzoñadas fuentes. Luego llegó esto de las redes sociales y el mundo cambió. Ahí hay muchas cosas que son verdad: los tutoriales de música, de matemáticas, que son los que a mí me interesan, son mejores o peores, pero siempre con un grado de autenticidad. Supongo que, también, mucha información con cierto grado de verosimilitud, pero como está entre una ingente maraña de opinión que, como ustedes saben, no es más que wishful thinking, es decir, arrimo el ascua a mi sardina, pues, entonces, es prácticamente imposible sacar nada en limpio. 

No hay nada más absurdo que pretender ver de cerca -saber hoy, lo que pasa hoy-. O sea, la visión dionisiaca, la de la borrachera. Te empapas de toda esa porquería y te hundes en una ciénaga de estulticia. Nada más demoledor que creer que sabes lo que por la propia naturaleza de las cosas es imposible saber. Y es que, desde la noche de los tiempos se sabe que la única visión clara es la apolínea; la que se ve desde la distancia, tanto del espacio como del tiempo. Lo que pasa hoy solo lo podremos saber, si es que llegamos a saberlo, dentro de sabe Dios cuánto tiempo. En ese momento, cuando lo veas más o menos claro, lo considerarás con frialdad para caer en la cuenta de que no es más que más de lo mismo: el guion que está escrito en el grand rouleau, como decía Jaques le Fataliste, aquel gracioso personaje que creó Diderot. 

Todo funciona en este mundo según las leyes de la naturaleza y, lo que nos parece que escapa a esas leyes es porque todavía no hemos descubierto las que lo regulan. La historia, desde luego, no es una excepción. Por eso se habla del eterno retorno, porque todo se repite con insistencia machacona. Y así es que la única forma de hacerse una idea del presente no es otra que la de mirar al pasado. Porque ahora mismo está pasando lo que ya pasó miles de veces. 

O sea que nada más estúpido que esa frase: "tenemos que". Nosotros no tenemos que hacer nada que no sea cultivar nuestro jardín. Cada uno el suyo. Todo lo demás ya se encargará el río de la historia de que sea como tiene que ser. Y si el río se nos lleva por delante, pues qué le vamos a hacer: así estaba escrito. 

¡Bendito el día que me puse a aprender a tocar la guitarra!  

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