martes, 25 de marzo de 2025

Ídolos

Los orígenes de todo esto que somos y lo que nos traemos entre manos es un manantial inagotable de reflexiones con las que los ociosos tratamos de calmar nuestro espíritu. Me lo contaba esta mañana Santi: los territorios están divididos por los ríos; los ríos en ocasiones se ensanchan y dan lugar a lo que se llama un vado; donde hay un vado los territorios se comunican y es inevitable que se comercie. Donde hay comercio hay asentamiento. Donde hay asentamiento surge como por ensalmo el ocio. Con el ocio, una de dos, o te dedicas a especular sobre los misterios de nuestra condición o se te llevan los demonios,

Para especular sobre los orígenes y condición, pocas herramientas tan útiles como la Biblia que no es otra cosa que eso: especulación sobre nuestros orígenes y condición. Nos preguntábamos esta mañana por el porqué de que una tribu tan pequeña se haya constituido en un referente imprescindible para la humanidad a lo largo de los siglos, ya sea para odiarla, ya para admirarla. Sostenía Santi que la causa no puede ser otra que el descubrimiento del monoteismo. Toda la Biblia es una insistencia en los efectos devastadores del politeismo. Yo diría que porque el politeismo lleva irremisiblemente al relativismo moral. El monoteismo, por contra, es inamovible, pétreo, no en vano las tablas de la ley que Moisés bajo del monte eran de piedra. De hecho, no creo que haya momento más decisivo en el proceso civilizatorio que el de la creación de esas tablas. El genio de Moisés consistió en decir que se las había dictado Dios. ¿Qué dios?, le preguntaron. El único Dios que hay. ¿Y cómo es ese dios? Un Dios que todo lo ve y es implacable con su justicia. 

Les costó mucho a los judíos aceptar una abstracción tan exigente. A la que Dios se volvía de espaldas, de inmediato volvían a la idolatría. ¡Es tan agradable el relativismo moral! Sodoma y Gomorra. No se aprendió de su destrucción. Por mucho que Dios insista siempre tendemos a mirar hacia atrás, como la mujer de Lot, ¡mujer tenía que ser!, para recordar las delicias del relativismo. Por eso es que nunca paremos de fabricar ídolos a los que dedicar toda nuestra atención. Tendemos a pensar que adorándolos conseguiremos calmar nuestro espíritu. ¡Necia pretensión! 

Ese es, pienso, el gran intríngulis de la cuestión judía, el relativismo moral: su Dios no lo soporta. El fin no justifica los medios. Por eso es que, todos los tiranos del mundo, para llevar adelante sus delirios de grandeza, lo primero que hacen es intentar exterminar a los judíos, y no por nada, sino porque son el espejo que les devuelve la imagen de su locura. 

En fin, vete tú a saber. Porque el caso es que, de viejo, se ve todo muy claro, pero que me hubiesen venido a decir a mí cuando era joven todas esas cosas del relativismo moral... ¡con lo feliz que era yo adorando a mis ídolos!  

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