sábado, 8 de marzo de 2025

Contrapunto

Querer entender el mundo en el que vives es algo parecido a respirar; no necesitas decir: voy a respirar. Tampoco necesitas proponerte entender el mundo; a la que estás ocioso, ya te pones a filosofar sobre el porqué de las cosas y, a la que llevas dos minutos dándole al coco, ya empiezas a sacar conclusiones que no son más que ilusas pretensiones de estar comprendiendo la realidad. 

Ayer comentábamos a propósito del libre albedrío y su contrapunto la predestinación. Conocemos el uno por contraste con el otro, pero entre los dos forman la música del cristianismo. Dos líneas melódicas que se entrecruzan: el catolicismo y el protestantismo. Se entrecruzan y chirrían. Hace ya casi quinientos años que la gente se viene matando por defender que su línea melódica es la guay. Creo recordar que fue Erasmo el primero que dijo que ese tomar partido era un sinsentido. Bueno, quizá algo de esto lo dijo antes el de Aquino. En realidad, solo hay que pararse a pensar un poco en la propia vida para darse cuenta de que, de cerca, siempre pensamos que hemos elegido y, a la que pasa un tiempo, caemos en la cuenta de que aquello lo hicimos arrastrados por fuerzas telúricas. 

Católico, protestante, es la eterna dicotomía, dionisiaco, apolíneo. No se puede considerar sana una mente que se decanta en cualquiera de las dos direcciones. Se necesitan de las dos para no acabar haciendo barbaridades. Por eso, tomar partido es una patología. Uno ha sido constituido por la naturaleza, o creado por Dios, dionisiaco y apolíneo, católico y protestante, libre y predeterminado... o, ya, si nos humillamos a la lógica barriobajera, de derechas e izquierdas. El comunismo, tan de izquierdas, es la predeterminación en estado puro: juzguen sus resultados.   

Resumiendo, solo desde la deficiencia mental se puede ser de esto o de lo otro. Estar sano es ser de todo; al fin y al cabo estamos hechos a imagen y semejanza de la idea que nos hemos formado de Dios... el contrapunto perfecto.   

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