El Quijote es una novela tan innovadora que desde que se escribió hasta aquí nadie ha podido aportar algo nuevo al arte de escribir ficción. Entre las originalidades que contiene está la de que el autor intercala comentarios sobre la propia novela sin que ello rompa el hilo de la narración. Así es que en un determinado momento dice que El Quijote es una novela que los niños manosean, los jóvenes leen, los adultos entienden y los ancianos se deleitan con ella. Desde luego que hay que ser visionario para haber dado de tal modo en el clavo. Lo puedo atestiguar con mi experiencia personal ya que, seguramente, es el libro al que más horas he dedicado a lo largo de mi vida, desde aquellas lecturas que se hacían en la escuela del pueblo a la que fui de los cuatro a los nueve años hasta ayer mismo que leí la desventurada aventura a que dio lugar la rijosidad de Rocinante.
A lo que iba es que, como ya soy anciano, me deleito leyéndole como se supone que hace un chon en un patatal. Es que no hay ni dos líneas que no me arranquen, no ya una sonrisa, sino francas carcajadas. Me siento en un banco del Pesquero, más o menos retirado, y leo en alto. Es como interpretar una partitura musical; tal es su cadencia. Cada dos por tres tengo que cortar para dar rienda suelta a la admiración. ¡Cuánto ingenio, por Dios! Nadie que yo sepa ha hilado las palabras con un orden tan perfecto para que puedan ser a la vez chiste y reflexión filosófica.
He leído El Quijote, no digo hasta la saciedad, porque nunca me he saciado de él, sino todo lo contrario: es como esos licores que, cuanto más bebes de ellos, más sed te entra. También he leído unos cuantos libros acerca de él: Reflexiones de El Quijote, de Ortega, está entre mis libros preferidos a todos los efectos. Y, la verdad, una de las cosas que menos entiendo es el porqué de que a la gente le cueste tanto leerlo. Seguramente tiene que haber en esa renuencia ciertas cuestiones de tipo psicológico relacionadas con la inmadurez que promueven los sistemas educativos socialdemócratas. Ya se sabe de las terribles consecuencias de vivir instalados en la creencia de que hay de por vida un papá que te saca de todos los problemas: el Estado Benefactor, que le dicen.
En fin, sea como sea, yo me quiero imaginar un mundo en el que las familias, después de cenar, en vez de encender la televisión, sacasen un Quijote, leyesen un capítulo y luego lo comentasen. Eso sí que sería progreso social. Sería como bajar de la Luna a la Tierra. Las cosas son como son y no como los comunitaristas en el poder te dicen que son. Bueno, hay lo que hay y con ello tenemos que apechugar... pero siempre nos quedará El Quijote.
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