Dice el actor Depardieu que la Francia de hoy día le deprime. En realidad, lo de deprimirse es consustancial a los viejos. Y más cuando vienen de un pasado glorioso. En cualquier caso, no hay que ser un lince para darse cuenta de que la Francia actual no está para levantar ilusiones. Y si así es no puede ser por otra causa que porque la generación de Depardieu, entre otras, que de lejos le viene el garbanzo al pico, hizo unas cuantas cosas, no solo mal, sino, incluso, muy mal. Y es que, seguramente, no ha habido país en el mundo que haya contribuido más que Francia a propagar la moda intelectual del relativismo moral. Ese relativismo moral que tan hondo caló en mi generación, que es la de Depardieu, y que tanto pan para hoy nos dio y, para mañana, a la vista está: un montón de vergüenza de uno mismo disfrazada de depresión.
Depardieu ha sido un actor de raza. Todo lo que representaba lo hacía creíble. Le recuerdo, sobre todo, por su personificación de Loulou, ese personaje atractivo, siempre a disposición de los demás, pero sin comprometerse más allá del momento presente. Alban Berg hizo una ópera, bellísima a mi entender, en la que deja el mito de Lulú niquelado.
Lulú es la representación por antonomasia del relativismo moral. O, si mejor quieren, del paganismo. Y ese es el asunto, que el paganismo fue el que inventó la tragedia. Sigan una detrás de otra todas las tragedias griegas y, sí, son hijas de la fatalidad, pero precedidas siempre del relativismo moral: lo que me conviene en cada momento es lo correcto, ya sea sacrificar a mi hija, exponer a las fieras a mi hijo, bailar desnuda y borracha en las faldas del Helicón... la justicia divina se toma su tiempo, pero no falla.
Así que, la depresión de Depardieu, nada de particular: es el signo de los tiempos; millones de personas toman pastillas para combatir ese flagelo que a todas luces es la tragedia a la que nos hacemos merecedores por nuestra condición de lulúes. Nos lo puso tan a güevo el descubrimiento de la contracepción que llegamos a creernos dioses. ¡Qué tontos!
Dice Pessoa: "Y ya que queremos ser estériles, seamos también castos, porque nada puede haber más innoble y bajo que, renegando de lo que en la naturaleza se fecunda, guardar vilmente de ella lo que nos agrada de lo que renegamos," En fin, como para entenderlo cuando te crees inmortal.
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