Cualquier observador medianamente avisado se da cuenta de que aquí está pasando algo de consecuencias imprevisibles. Imprevisibles, claro está, por lo fino, porque, groso modo, será un episodio más del reiterativo quemarse y renacer de las cenizas del Ave Fénix. Ese es el proceso del que cada generación ha tenido, tiene y tendrá, su lote. Y de nada sirven todos los experimentos de ingeniería social que idean los débiles, o parásitos, para librarse de la quema, porque en toda conmoción son ellos los que, en primera estancia, desaparecen.
Pero, yendo al grano, ¿cuáles serían los signos patognomónicos de la conmoción en curso? ¡uf! Hay tantos y de tan variada consistencia que resulta díficil establecer un ranking en función de su importancia, así que me limitaré a señalar algunos de los que, a mi parecer, destacan por su curiosidad. Pongamos en primer lugar aquel aserto que por siglos constituyó la piedra angular de la estabilidad de la patria: «tú, hijo, algo seguro». O sea, funcionario. Fue tanta la atracción fatal que tenía esa dedicación que al final pasó lo que tenía que pasar, que para tener ocupada a tanta gente que se sentía segura hubo que montar una maraña de regulaciones que acabó por estrangular el sistema. Ya, para la generación de mis hijas — se lo oí comentar en numerosas ocasiones— el ser funcionario era sinónimo de ser un chusma. Una generación después, ya, ni te digo. Por lo visto, numerosas convocatorias a empleo público quedan desiertas... por razones diversas, entre otras que la gente del común ha tomado afición al deporte de apalizar funcionarios a la menor pega que estos ponen a la resolución de los problemas que por su propia naturaleza son irresolubles. Es todo como un imposible metafísico y alguien, el que está más a mano, tiene que pagar. ¡Consecuencias de la maraña! En resumidas cuentas: se reproduce la secuencia de acontecimientos que llevaron al derrumbe del sitema soviético.
Otro hecho no menos curioso es el relativo a la hostelería. Éste es muy engañoso porque los propietarios resisten a la espera de un santo advenimiento que nunca va a llegar. La gente sigue yendo a los bares a pasar el rato, lo cual da una falsa impresión de actividad económica que nada más lejos de la realidad. Sobre todo, los dedicados al ocio nocturno, dicen, es una hecatombe... es como si hubiese llegado el comandante a mandar parar. Y no se crean que es una cosa de aquí; ni mucho menos. En los EEUU hay, por lo visto, una crisis de la restauración que ha mandado al cementerio a millones de restaurantes y restauradores. La gente, a lo que se ve, ha caído en la cuenta de que lo de ser servido no sale a cuenta, valga la rebuznancia. Que el ser servido siempre termina en ser esclavo del servidor es algo que cuesta mucho comprender, aunque, si acaso viste aquella película de Joseph Losey titulada El Sirviente, puedes tener mucho camino adelantado. En fin, por lo que sea, el caso es que hay lo que hay y todo me hace pensar que podría ser para bien.
Otro dato, curioso donde los haya, es el de las universidades. Por lo visto están en proceso de decadencia imparable. Los mejores ni las pisan porque las nuevas tecnologías han puesto a su alcance formas mucho más productivas de aprendizaje. La mayoría de las carreras no van a servir para nada en cuatro días. La cirugía, por ejemplo, en la que tanto costaba formarse, resulta que ahora la realiza un robot sin que apenas lo note el paciente. Por no hablar de la jurisprudencia, o la economía, o cualquier pseudociencia consistente en el arte de interrelacionar datos. Personalmente no entiendo que la gente se empeñe en seguir dedicando años al aprendizaje de algo que te resuelve en un plis-plas la máquina que todos llevamos en el bolsillo.
Sí, señoras y señores, esa máquina que vendría a ser el «soma» a que se hacía referencia en aquella famosa novela Huxley, This Brave New World, Un Mundo Feliz en español. Ustedes van por la calle y ven a la gente a su alrededor enfrascada en su máquina y, así, olvidada de todos sus problemas. Me pregunto yo, cómo coño estaría hoy el mundo sin en esa máquina... me imagino que no se podría salir a la calle. Pero, bueno, el caso es ese, que Dios donde quita, pone. Le quita a la gente el trabajo y le da el «soma». Lo comido por lo servido.
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