viernes, 26 de enero de 2024

Chinos

Nada más salir del portal, tuerces la esquina a la izquierda y, a menos de veinte metros, tienes un bazar chino que en la zona que da a la calle es una frutería. Lo llevan entre una madre por los sesenta y tantos, muy dicharachera, aunque no se la entiende nada, y un hijo por los treinta que no dice ni mu. Suelo comprarles por la comodidad y por el precio. En lo que es el bazar no veo movimiento, pero en la frutería sí, sobre todo los domingos y días de fiesta. Mayormente clientela hispana. El caso es que no les debe ir mal porque por septiembre cerraron un mes y se fueron a China según pude colegir de las explicaciones de la madre que nunca son muy fiables dado el embarullamiento fonético y sintáctico. En cualquier caso, la señora debe ser un águila de las que sobreviviría aunque hubiese un invierno nuclear. El otro día me paró por la calle toda sonriente para enseñarme el brazao de yerbas que había pillado por sabe dios dónde, porque por por estos alrededores solo hay polígonos industriales. Me parecieron dientes de león y por el estilo. Pensaba cenarlo y me trató de explicar cómo se preparaba. Solo un breve hervor, creí entender. 

Siguiendo la calle adelante, a menos de cincuenta metros, hay otro bazar chino gestionado por padre, madre, hijo e hija. Puedes apostar que no hay nada que necesites que no encuentres allí. Seguramente tiene más de mil metros cuadrados, así que es fácil perderse por el laberinto de estanterías. El padre está en la caja y el hijo, a la entrada, te resuelve las dudad al instante. Es gente amable y muy discreta. A los padres los suelo ver al anochecer caminando ligeros por el muelle del Pesquero. Pasan de largo como si no te conocieran, lo cual que me parece una buena táctica porque si se dedicasen a saludar a todos los que entran en el bazar no acabarían nunca. Pero, desde luego que me conocen; lo pude comprobar el otro día por la mirada torva que me echó el padre cuando le pillé justo cuando salía de un garito de juego. Tiene que ser terrible tener esa adición y vivir en este barrio. Porque hay garitos para dar y tomar. Y a juzgar por su aspecto les debe ir viento en popa. Y, luego, los clandestinos, como el bar justo enfrente del portal, de unos chinos también, en el que raramente se ve entrar a alguien, aunque hasta bien entrada la madrugada se ve luz tras las cortinas del altillo. Es todo un misterio, pero según una vecina que es un lince no puede tener otra explicación que las timbas. 

Ahora que para linces los chinos de la frutería que hay,  girando la esquina a la derecha, cincuenta metros más allá. Tiene una fruta y verduras de primera calidad, aunque hay que pagarlo. Pero tiene la ventaja de que de ocho de la mañana a doce de la noche, los trecientos sesenta y cinco, o sesenta y seis, días del año, puedes contar con ellos. Y cosa curiosa, son tremendamente dicharacheros. A nada que te descuidas, te pillan y no hay forma de desengancharse. La mujer, sobre todo, es de un liberal que ni Milei. 

Lo curioso de esto de los chinos es su adaptabilidad a las circunstancias. Cuando empezaron a venir a España, su negocio eran los restaurantes. Tenían clientela, por la novedad supongo. Pero al poco, me imagino que instigado por la mafia de la hostelería local, empezaron a circular bulos muy del gusto de la chusma. Que si en el barrio en el que se instalaba un restaurante chino empezaban a desaparecer los gatos. Que si nunca nadie había visto el entierro de un chino... se insinuaba que acababan siendo la carne del chop suey. La maledicencia corrió como un reguero de pólvora hasta llegar hasta los mismísimos proscritos de Alar que tomaban aquellos bulos como si fuesen artículos de fe. Y así fue que desapareció aquella profusión de restaurantes, en este barrio no hay ni uno, y aparecieron los bazares y las fruterías. Personalmente, he sentido su desaparición, porque la comida china me parece mucho más afortunada que la nuestra. Cuando vivía en Barcelona frecuentaba un Pato Pekín que había en el puerto olímpico que era una pasada. Era donde los chinos celebraban sus bodas. Recordaba mucho a lo que vimos en algunas de las películas de Ang Lee, como Comer, beber y amar, o Banquete de bodas. Los chinos, como solo celebran cuando hay algo que celebrar, entonces, tiran la casa por la ventana. En fin, en cualquier caso, una pena que no haya un restaurante chino por aquí, porque de haberlo, de vez en cuando, un día tal como hoy, que no me apetece nada cocinar, les compraría la comida muy gustoso. Porque siempre me sentó muy bien. 

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