sábado, 20 de enero de 2024

Moda chanchullo

Hace años una librería de viejo en una pequeña ciudad era una excentricidad. En ésta, seguramente había alguna, pero yo lo desconocía. Ahora, sin embargo, surgen como hongos. Cuando estoy a punto de acabar un libro, me doy una vuelta por las que tengo más a mano en busca de material. Uno, suele costar cuatro euros, pero, si llevas dos, son seis, y si tres, ocho. Y cosa curiosa, raro es el día que cuando estoy pagando, o charlando con el dependiente, generalmente propietario, no venga alguien con una bolsa llena de libros para deshacerse de ellos. Y es que eso de blasonar de tener treinta y cinco mil volúmenes, como oí el otro día a un escritor de bestsellers que tiene el pico muy largo y nunca se apea de los platós televisivos, es, a mi juicio, sencillamente, una horterada. O estar fuera de onda, porque ya nadie se cree que el que tiene muchos libros es una persona muy sabia. Comprendo que hay unos cuantos, un par o tres de docenas, que viene bien tener siempre a mano, como la Biblia y así. Y luego, claro, los que tienen que ver con el propio trabajo, libros técnicos que siempre hay que estar echando mano de ellos. Llegué a tener un montón de ese tipo, de los otros ya me había deshecho, y todavía recuerdo la satisfacción que experimenté el día que vinieron unos jóvenes a casa a llevárselos. Ya no me servían para nada, entre otras cosas porque ya había dejado de creer en la religión de la ciencia para pasarme a la de la música y el zascandileo. Aunque llamar ciencia a la medicina es, cuanto menos, un atrevimiento. 

Así las cosas, lo que es evidente es que hay un cambio de chip a escala mundial. Lo que era excentricidad hace cuarenta años ahora es buen gusto. Paradójicamente, no hay peor gusto que dedicarse a acumular objetos de los considerados como de buen gusto. Por fin, hasta la chusma ya ha empezado a comprender que es muy delgada la línea que separa el ornamento del delito... que dijera Adolf Loos, también austriaco él. Porque, por si todavía no se han dado cuenta, les diré que ya llegó el momento austriaco. Es la cosecha de lo que se plantó en aquella Viena de entresiglos. XIX/XX. Porque el mundo de las ideas no es como el de los trapos. Poner unas ideas de moda cuesta siglos, pero, también, después, se mantienen durante siglos en el candelero. 

Por eso, porque ha llegado el momento austriaco, es que abres Youtube y te encuentras con que la mitad de los vídeos están dedicados al discurso que hizo Milei el otro día en Davos. Un discurso que trajo esperanza a muchos y también terror a otros muchos. Ese discurso era austriaco. Como lo es deshacerse de lo inútil. Desde luego que va a costar acostumbrarse; incluso a los que están esperanzados, porque, como dice el refrán, una cosa es predicar y otra dar trigo. Y, también, a los esperanzados con lo que se anuncia, les va a costar aceptar que la mayoría de las cosas que tienen son inútiles. Caerse del caballo camino de Damasco es doloroso siempre. ¡Pero, ay de aquel que nunca se cae! Más le valiera atarse una rueda de molino al cuello y arrojarse en el primer pozo que tuviese a mano. 

Concluyendo, que pido a los dioses omnipotentes que esta sea la primera vez en la historia en la  que no se necesite una guerra para implantar la nueva moda ideológica... aunque lo de nueva moda no sea, siempre, más que un eufemismo de la vieja que se andaba añorando. Como pasó con aquellos pantalones que se decían de pata de elefante; cuando los vio mi padre, dijo que cuarenta años antes a esos pantalones les llamaban moda chanchullo... que es lo que son todas las modas. 

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