A propósito de la entrada que hice el otro día sobre los hijos, me envía Fede una serie de reseñas sacadas de las tragedias de Eurípides. Dice Andrómaca: "para todos los hombres los hijos son la vida. Si alguno los censura por no haber conocido la dicha de tener hijos, y si no sufre por ellos, es dichoso en la desdicha". Y Medea: "¿por qué, en medio de tantos dolores, infligen los dioses a los hombre el más amargo de todos a causa de sus hijos?". El coro en Orestes: "Quienquiera que sea dichoso con sus hijos y no haya sufrido males abrumadores a causa de ellos, es digno de envidia".
Vistas así las cosas, y siempre teniendo en cuenta que a los mortales las palabras apenas nos sirven para poco más que para jugar con ellas, no por nada, sino porque todo lo decisivo está predestinado por la divinidad, yo les preguntaría, ¿qué es preferible, ser dichoso en la desdicha de no tener hijos o desdichado en la dicha de tenerlos? Ya ven, juego de palabras que bien se pudieran sintetizar en aquello de "lo comido por lo servido".
Sea como sea, los hechos son lo que cuenta. En el breve lapso de tiempo de mi vida el mundo ha pasado de los dos mil millones de habitantes a los ocho mil millones. Ha habido, por tanto, una desmedida preferencia por ser desdichados en la dicha de tener hijos. Pero como nada es eterno y todo cambia según el designio de los dioses, pareciera que ahora se hubiesen vuelto las tornas y, por así decirlo, se hubiese encontrado la piedra filosofal: a la dicha de no padecer las preocupaciones y sacrificios que procuran los hijos se la añade el remedio a la desdicha por no tenerlos, a saber, la tenencia de una mascota a la que se trasfieren todos los afectos propios de la pater o maternidad.
Resumiendo: hablar por hablar. Porque si hay algo que uno haga en esta vida de forma inconsciente eso es todo lo relacionado con los hijos. En cualquier caso, esa es mi experiencia.
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