Siempre han pasado y están pasando cosas horrorosas en el mundo. La importancia que le damos en cada caso depende de en cómo nos afecta personalmente. Ahora, por ejemplo, hay un infierno en Gaza por el que unos se rasgan las vestiduras y otros lo encuentran perfectamente justificado. Porque lo de Gaza es lo que un filósofo llamaría una aporía, es decir una inviabilidad racional. Judíos y filisteos llevan milenios dándose leña y al parecer siguen sin cansarse. Luego, están los idiotas que toman partido en función de sus particulares dogmas. Pero, la realidad es que los abscesos crónicos de vez en cuando tienen que supurar so pena de que la infección pase al torrente sanguíneo y la cosa acabe en sepsis, que es como decir el cataclismo total.
El caso es que la semana pasada o así un equipo de investigadores liderados por Denis Rancourt ha llegado a la conclusión de que el chiste de las vacunas para el coronavirus se ha saldado con la muerte de diecisiete millones de personas. Y a eso hay que añadirle todas las que se produjeron por tortura psicológica y malpráctica médica. Porque la realidad de todo esto es que el coronavirus de marras era un virus respiratorio no más patógeno que cualquiera de los que convivimos a diario. Todo ello, en su conjunto, ha sido una tercera guerra mundial que, como nos la han metido con la vaselina de la ciencia, la mayoría de la gente ni se ha enterado.
Y así son los intríngulis del mundo que ya nos dejó la Ilíada niquelados. Allí estaban los aqueos y los teucros matándose entre sí con entusiasmo y, nunca mejor dicho, por el querer de los dioses. Porque son las intrigas de los dioses en su afán de prevalecer las que mueven todos los hilos del conflicto. Si no hubiera habido dioses, la guerra no hubiera tenido lugar. La cosa empieza cuando Zeus tira las manzanas de oro sobre la mesa y dice que para la más bella y le pide a Paris que haga de juez. Claro, para quién van a ser, para Helena que es la viva representación de Afrodita. A partir de ahí comienza la toma de partido, los guapos, por un lado, los menos guapos por otro, y el poder supremo aprovechando las rencillas entre unos y otros para seguir acrecentando su poder.
O sea, que siempre hay gente flotando en las nubes que son los que, a la postre, mueven los hilos. Gente que acrecienta su poder con las desgracias ajenas. Pero, como se esconden en las nubes, nunca sabremos a ciencia cierta quiénes son por más que podamos sospecharlo al ver quienes son los que se enriquecen con el invento. En fin, el mundo, qué aburrido por previsible... no me va a costar mucho abandonarlo.
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