viernes, 19 de enero de 2024

Corot

Comprendo que viaje el que no tiene sensibilidad, dice Pessoa. Difícil entender que se quiere decir cuando se dice sensibilidad. Hasta que, coges, agarras y te pones a leer a Azorín. Entonces te das cuenta de que sensibilidad es saber diferenciar los detalles de lo que tienes delante. Cuando Azorín, expulsado de España por la guerra, se instala en París, pasa largas horas en el Louvre. No se cansa nunca de contemplar los paisajes de Corot, un paisajista francés del XIX que, según Azorín, trasforma la naturaleza para extraer su espíritu; para mostrar lo que hay de latente y esencial en el mundo. Y todo ello sin violentar la realidad. Es una transformación perfecta, grado a grado, que va modificando la materia visible hasta conseguir una sensación de reposo. Dice que, cualquier tela de Corot nos aplaca los nervios encalabrinados. Los seres humanos, puestos en esos parajes, por fuerza han de ser felices. 

Todo eso que dice Azorín acerca de la pintura de Corot, pienso que se le podría aplicar a él cuando describe los paisajes. Para mí ha sido un descubrimiento que me está arreglando la vida. Cuando al atardecer busco el sosiego que me va a permitir conciliar el sueño tan pronto me meta en la cama nada mejor que un poco de Azorín. Entonces, es como cuando me iba en la bicicleta por los paisajes castellanos ¡cómo los añoro! que regresaba a casa con todas mis necesidades cubiertas. Con Azorín es como si estuviese paseando por los paisajes castellano-levantinos. 

"La cañada se abre en amplio collado. Entre el follaje, allá al fondo, surge la casa con sus paredes blancas y sus techos negruzcos. Comienzan las plantaciones de almendros; sus troncos se retuercen tormentosos; sus copas matizan con notas claras la tierra jalde. El collado se dilata en ancho valle. A los almendros suceden los viñedos, que cierran con orla de esmeralda el manchón azul de la laguna. Grandes juncales rompen el cerco de los pámpanos; un grupo de álamos desmedrados se espejea en sus aguas inmóviles."

Lo que yo daría por saber pintar así. Por tener esa sensibilidad. En cuyo caso no hubiese necesitado pasar la vida de la Ceca a la Meca buscando desesperadamente algo diferente que me pudiera calmar el ánimo atormentado. Bueno, en las llanuras castellanas pienso que encontré algo de eso. Lo mismo que ahora lo siento cuando al anochecer me siento en el paseo de la dársena del Pesquero y veo todo ese juego de colores que aparece sobre las tenues ondas al encenderse las luces. He tenido que llegar a muy viejo para darme cuenta de que es la percepción de esas bellezas todo lo más que uno puede esperar de la vida.   

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