Ayer fui a echar un vistazo a las obras de mejora en un piso que han comprado mis hijas y por los vericuetos de la conversación acabamos hablando de la Biblia. El albañil, por los sesenta y tantos, me confesó que ellos, me imagino que refería a su ayudante, eran evangelistas. El hombre estaba muy al tanto de todos los intríngulis de David, Betsabé, Salomón y demás. Sin embargo, el Nuevo Testamento le ponía en un brete con algunas de sus atrevidas proposiciones; particularmente la de la virginidad de la Virgen, valga la redundancia. Estuvimos un buen rato dándole vueltas al asunto que, efectivamente, tiene sus perendengues, aunque, a la postre, quizá no sea más que una ingeniosa resolución del espinoso conflicto edípico, ya que a nadie le resulta agradable imaginar a su madre fornicando con otro hombre. Así que, aquellos viejos padres de la Iglesia pensaron que metiendo por medio al Espíritu Santo se acabó la rabia. Bueno, como les decía, el asunto da para mucho sin que nunca se pueda llegar a conclusiones definitivas si estás fuera de la fe católica, así que el buen hombre, en un momento dado, dijo que tenían que trabajar y, a mi sugerencia de ciertos cambios en el proyecto presupuestado, se puso un poco farruco y dijo que habría que pagar más. Lógica evangelista, pensé. Protestantes.
El caso es que con todo esto del arreglo del piso de mis hijas estoy teniendo una oportunidad de oro para observar el mundo circundante. Dicen que si derechas, izquierdas y mediopensionistas; todo eso son paparruchas. El mundo actual esta definido por la cisura que hay entre funcionarios y los que van por libre, es decir, los que producen. Y en medio, para evitar las fricciones, las legiones de abogados que, mayormente, se encargan de encontrar la trampa que tiene toda ley, porque es evidente de toda evidencia que si las leyes se siguiesen al pie de la letra no habría dinero en el mundo para arreglar un piso, pero, lo que sobre todo no habría, sería paciencia humana que pudiese soportar el papeleo requerido. Porque, además, una vez que te han sacado el dinero, es imposible seguir la pista a los papeles; en mi caso, el otro día me llamó un empresario que me hizo una obra hace años para decirme que le habían llegado los papeles que me costaron una pasta y el vía crucis de media docena de ventanillas. Oye, nada, a tirar pa lante con las obras y que sea lo que dios quiera. Si surgen problemas, para eso están los abogados.
Eso sí, de una cosa estoy convencido: es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un funcionario se haga evangelista. Al menos yo no he conocido a ninguno que tuviese esa veleidad. Quizá es que no lo necesiten porque ya se sienten vivir en el cielo: un sueldo asegurado por vida. ¡La repanocha! Y por propios méritos, claro está, que no hay privilegiado que no crea justificado su privilegio .
Y así corre el mundo, amigo Sancho. Que no por otra causa es que haya tantos lances de encrucijada.
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