Ayer Davos volvió a estar en el centro del mundo gracias a que un muchacho, creador de contenidos, colgó en las redes un vídeo falso tan perfecto que se lo tragaron millones de personas. En él se veía al citado muchacho, un tal Damon Imani, dirigiéndose a los asistentes al Foro Económico Mundial y particularmente a su presidente y junta directiva a los que mandó a tomar por el culo e invitó a desaparecer y dejar que la gente siga su curso sin salvadores que vengan a complicarles la vida. Si quieren, tienen fácil ver ese video que tiene su gracia. Googlean, Damon Imani, Davos, y ya lo tienen a su disposición.
Ayer, también, en el mismo foro de Davos, se explayó Milei, el flamante presidente de Argentina. Es probable que nunca una conferencia sobre economía y política haya tenido tanta audiencia. Fue una síntesis de todo lo propuesto por la que se conoce como Escuela Austriaca de Economía. Nunca, desde luego, se había planteado en un foro lleno de lideres mundiales una demonización del Estado tan bien argumentada. Ni el mismísimo Rothbard lo hubiese bordado de tal modo. En cualquier caso, una cosa es segura, a partir de ese discurso, ese foro ya nunca será lo que ha venido siendo, un nido de aprendices de brujo. Los globalistas que allí conspiran, será mejor que, en adelante, sigan el consejo de Damon Imani y se vayan a tomar por el culo.
En realidad, Davos nunca, desde que Thomas Mann escribiera La Montaña Mágica, ha dejado de estar en el centro del mundo. Allí, en un sanatorio antituberculoso, se hace un recorrido por todas las formas posibles de contemplar el universo. Settembrini, un humanista progresista, partidario de la acción, enfrenta sus argumentos a los de Naphta, un ferviente admirador de Miguel de Molinos y, por tanto, un quietista. Claro que, decir humanista progresista, quietista, o cualquier otra palabra con las que se trate de abarcar el todo de una forma de pensar es una solemne mamarrachada. Settembrini y Naphta llenan media novela con sus discusiones ideológicas y, la conclusión que uno saca al leerlas es que los dos tienen el típico chocho mental que acompaña a todos los intelectuales. Cualquier carpintero o albañil sabe y hace por sus congéneres mil veces más que ellos.
Personalmente, me quedo con Miguel de Molinos al que, en mi opinión, el tal Naphta no había sabido cogerle el punto. La que se lo cogió bien fue María Zambrano que fue la que me llevó hasta él y su Guía Espiritual. Pero éste es un asunto en el que no voy a entrar ahora, porque el quietismo es, precisamente, no entrar en argumentos por estar convencido de que todos son falsos... que mira que hay que estar ciego para no darse cuenta.
En fin, Davos, La Montaña Mágica, allí van las personas y sueltan la lengua pensando que se van a trascender. ¡Sancta simplicitas! Tiene aquello menos trascendencia que cuando bajas Ebro abajo por los meandros de Valderredible y vas escuchando todo el rato el parloteo que se traen entre ellos los jilgueros y malvises. Ahí sí que es donde Dios se muestra en todo su esplendor.
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