domingo, 14 de enero de 2024

Del monte en la ladera

 Hoy Le Précepteur nos deja un vídeo sobre Nietzsche y la meledicencia. La verdad es que no dice nada nuevo, pero, en cualquier caso es bueno que nos lo recuerden porque somos tremendamente olvidadizos. En definitiva, que el que está mal, o sea, todos en un momento u otro, solo encuentra consuelo en denigrar a los otros. Los otros son los que, el que está mal, en ese momento, considera más fuertes que él. Superiores, para que nos entendamos. Porque, denigrar, o maledecir, no es más que un síntoma de la enfermedad más común de todas: el complejo de inferioridad. El maledicente, en su pequeñez, se siente armado por una coraza de superioridad moral que le hace invulnerable. Él maledice porque quiere un mundo mejor en el que la moral, es decir, las costumbres que han impuesto los débiles, que son los más, para defenderse de los fuertes, que son los menos, sea la reina del cielo. Resumiendo, al débil lo que más le consuela es que el fuerte pase por el aro. Es su venganza por lo poco que le favorecieron los dioses. 

Bueno, servidor no puede estar más de acuerdo con Nietzsche. Y le agradezco infinitamente que me haya desvelado mi yo más repulsivo. Porque mira que he sido, y sigo siendo siempre que me descuido, maledicente. Y no veo otra solución a esta perversión del carácter, o carencias del espíritu, que la que nos describe Fray Luis en su elogio a la vida retirada. Ya saben, "del monte en la ladera, por mi mano, plantado tengo un huerto, que con la primavera..." Sí, los enfermos del espíritu, todos quizá, solo podemos escapar a la maledicencia, no dándonos oportunidades de practicarla. Por eso es tan nefasto eso que llaman socializar. Cuando socializas tienes todas las bazas para maledecir. Hablar mal de los que envidias de una forma inconsciente, como por designio biológico. 

Pelillos a la mar. Estoy ahí emperrado con el solo de guitarra de "Nunca vas a comprender", esa que a mí me parece maravillosa canción de Rita Payés. De Rita Payés y su madre Elisabeth Roma. Esa sí que es una relación como Dios manda entre madre e hija. No puede haber malos rollos si una toca la guitarra y la otra canta o toca el trombón de varas. En eso, pienso, consiste la única socialización decente posible, en juntarse para hacer cosas que ha costado mucho esfuerzo aprender. En fin, que vida esta; menos mal que tengo este huerto aquí, en esta ladera del monte. 

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