Hace ya tres, cuatro, o quizá más años, que tuvimos toda aquella movida del brexit. Digamos que los agoreros tuvieron tajo hasta cansarse. Mis hijas, que viven allí, estaban preocupadas. Pero iba pasando el tiempo y no parecía afectarlas. Iban y venían de aquí para allá con la misma facilidad que lo habían hecho siempre. Y a los agoreros ya no se les oía tanto su cansina cantinela. Y mis hijas, por méritos propios, desde luego, han mejorado algo su status. Viven, bien, en buenas casas, en un barrio cosmopolita y tranquilo. Y trabajo, el que quieren.
Les cuento esto porque vengo escuchando hace unos días a unos comentaristas británicos que han sacado las estadísticas a relucir y, ¡vaya por Dios!, resulta que todas las proyecciones apuntan a que Reino Unido es el país que más y más rápido crece de toda Europa y se espera que para finales de la próxima década se hayan puesto por delante incluso de Alemania. A Francia, con la que siempre había estado a la par, ya la ha sobrepasado de largo. Por lo demás, el comercio con la unión europea ha crecido en unos cuantos puntos porcentuales. Solo tengo que asomarme a la ventana para comprobarlo. De los dos ferrys que antes venían a la semana, ahora, yo diría que son siete. Todos los días hay alguno cargando y descargando cantidades ingentes de camiones -es increíble todos los que caben en un ferry-. Y de aquellos problemas de abastecimiento de que tanto hablaban, nunca más se supo. Desde luego que mis hijas nunca tuvieron problemas al respecto. Y por si no lo saben, en los supermercados de Inglaterra se compra el litro de aceite de oliva por poco más de cuatro euros. La mitad que aquí.
El caso es que cuando, al principio, se produjeron las esperadas disfuncionalidades, muchos fueron los que pusieron el grito en el cielo pidiendo al gobierno que hiciese algo. Creo recordar que fue Boris Jonhson el que contestó entonces que, al respecto, el gobierno nada tenía que hacer, que los problemas de logística y abastecimiento era un asunto de la exclusiva competencia de los empresarios. Porque esa es la cuestión, según me cuentan mis hijas, que en Inglaterra lo de los funcionarios y sus burocracias es la mitad de la mitad, y un poco más, de lo que hay aquí. Por otra parte, aunque nadie lo mencione, en Inglaterra es el país de Europa en el que más han subido los sueldos. ¿Y saben por qué? Pues porque desde el mismo momento que tomaron las riendas de su destino la inmigración se frenó en seco. Ahora los empresarios no encuentran desgraciados ilegales que curran por dos perras. Tiene que pagar lo que es justo.
Como es natural, los medios de por aquí no dicen nada, pero la lección del brexit cada vez tiene más adeptos. Y es más que probable que todo esto de la comunidad europea acabe como el rosario de la aurora. No a tortas, pero sí cada uno en su casa y Dios en la de todos. Porque, como demuestra el caso británico, para comerciar entre sí, los países no necesitan ejércitos de burócratas sino de empresarios.
En fin, cosas que pasan porque tarde o temprano la lógica acaba por imponerse. Y todo este empantanamiento en el que metieron al mundo las ideas comunitaristas es normal que pase a mejor vida. Todo apunta a que cada vez más gente quiere volver a poner al individuo en el centro del terreno de juego. Hay una especie de asco vital con la cosa de la socialización. La gente lo que quiere es lo de siempre, es decir, relacionarse entre si en función de sus propios intereses... sin que los zurdos de mierda puedan entrometerse. ¡Dios lo quiera!
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