domingo, 28 de enero de 2024

Sílex

Si no la que más, sí una de las palabras más veces usada a todo lo largo de la Ilíada es bronce. El bronce era por aquel entonces, tres mil años para atrás, la base del armamento, o  sea, de lo que siempre ha sido y será por los siglos de los siglos una de las grandes, si no la mayor, preocupación del ser humano: cómo poder matar sin ser matado. Nada ha propiciado tanto la inventiva. Y, desde luego que llegar al bronce no es moco de pavo. Primero dar con el cobre, luego con el estaño, y descubrir que mezclándolos se podía conseguir algo muy duro, aunque bastante quebradizo. Nada que ver con el hierro que tiene citas contadas en la Ilíada. Al parecer se usaba más que nada para degollar a los animales. Aquel hierro que debía provenir de los meteoritos. Y me puedo imaginar la obsesión de las mejores mentes del momento por dar con el procedimiento para extraer el hierro de las tierras. ¿Qué tierras eran las apropiadas? 

Un día me dediqué a informarme -lo que se llama erudición del conocimiento- sobre cómo había sido lo del descubrimiento de los metales. Es una historia muy turbia de la que es difícil sacar conclusiones. Mil años antes de Cristo, dos mil, tres mil, cuatro mil. ¿Cuándo se empezó a extraer el hierro de la tierra? ¿Cómo se podía labrar la piedra para las grandes construcciones de hace cuatro, cinco mil años, si no se conocía más hierro que el de los meteoritos? Un bien más escaso que el oro.

Ya les he contado que la erudición del conocimiento, que es acumular datos, de nada sirve si no has cultivado el arte de relacionar entre sí esos datos para extraer hipótesis más o menos interesantes. Porque, luego, ya, lo de la verificación de esas hipótesis es harina de otro costal. Pero así es como ha caminado la humanidad desde que aprendió a relacionar datos, apoyada en las hipótesis, que no por otra causa es que ese avanzar haya sido tan tortuoso, porque, como cualquiera puede saber por propia experiencia, la mayoría de las hipótesis que construimos son meras ilusiones. Aunque, muy de tarde en tarde, suena la flauta y nos topamos con un descubrimiento que trastoca lo que hasta entonces había sido el normal transcurrir de la vida. 

Ahora, en estos tiempos que corren, andan muchos sabios muy preocupados por esa flauta que ha sonado que llaman inteligencia artificial. Los coches no van a necesitar conductor y cosas así de inútiles, porque si lo coches ya lo eran en gran medida, no te digo, ya, si ahora van y le quitan a la gente el placer de conducir, porque sí, no se engañen, para la inmensa mayoría es un placer como hay pocos: la sensación de estar haciendo algo práctico mucho rato seguido. Y sin apenas cansarse. ¿Puede haber algo más gratificante? ¿Cómo va a llenar la gente ese hueco en el espíritu que le va a dejar la inteligencia artificial en funcionamiento? Con más pastillas, me imagino. 

Ese es, y ha sido siempre, el gran problema del progreso, que al facilitarnos la vida, de paso, nos la emponzoña. Y de ahí es que nuestros remotos antepasados se inventasen lo de Prometeo. Sí, no hay que hacerse ilusiones al respecto: todo lo que nos facilita la vida nos vuelve más estúpidos.  Así que no sé yo que coño falta nos hacía el descubrir el bronce. Y no digo, ya, el hierro. Para mí que nunca se debiera haber pasado del sílex. Al fin y al cabo, con el sílex se puede pulir la madera, que es lo que se necesita para fabricar guitarras. 

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