lunes, 8 de enero de 2024

El homiliador

En estos días del invierno crudo, con rachas atemporaladas que vienen por el noroeste, tener un refugio caldeado es para dar gracias a los dioses y no parar. Apenas salgo lo necesario para la cosa logística. Tengo de todo a dos pasos, que es la ventaja que tienen estos barrios populosos. Reconozco que fue un largo aprendizaje el de no necesitar la calle salvo cuando las circunstancias climáticas invitan con insistencia. Aprender a estar solo con tus cosas, digamos que es el antisocialismo por antonomasia, y por eso debe ser que esté tan desprestigiado, porque, según la propaganda al uso no hay nada peor para la mente que no socializar, esa cosa que antes se llamaba relacionarse, pero que ha habido que cambiarle el nombre para seguir haciendo propaganda. 

En cualquier caso, allá cada cual para saber defenderse de los embates de las corrientes dominantes en cada momento. De las modas que van y vienen. Acogerte a ellas, pareciera como que te apuntala y, de hecho, a ciertas edades así es. Cuando lo de la maldita adolescencia, que dura y dura y dura, sobre todo para los padres del angelito o la angelita. Aunque he oído decir a unos sociólogos franceses que hoy día los padres se entienden perfectamente con sus hijos adolescentes, precisamente, porque siguen instalados en esa edad. La adolescentización de la sociedad, que le dicen. Vete a saber.

Aprender a estar solo es, si quieren llamarlo de otra manera, madurar. Y, como se suele decir, más vale tarde que nunca, pero, no se engañen, tardar en madurar más de lo preciso es una de las mayores desgracias que a uno le pueden ocurrir en esta vida. Por muchas cosas, pero, sobre todo, porque madurar es dejar de sufrir inútilmente. O, si mejor quieren, aceptar que la vida es sufrimiento y que no queda otra que adaptarse a él. Y como a todo se acostumbra uno, y la costumbre es la reina del cielo, pues, resulta así, que el sufrimiento aceptado es una forma de cielo. 

Bueno, voy a ver si agarro la guitarra porque esto de inventarse cada día una homilía es muy fatigoso. Aunque, también reconozco, sumamente útil para el homiliador, que tiene que pasarse un rato meditando sobre cualquier cosa que sea que se trae, no entre manos, sino, por así decirlo, entre neuronas. 

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