viernes, 5 de enero de 2024

Comparar

Pocas cosas explicitan tanto la pobreza de juicio como la comparación. Tratas de explicar una película, una novela, una música, refiriéndolas a otras que se suponen muy conocidas por la concurrencia. Es algo que ha sido muy frecuente en mí y en los ambientes que he frecuentado. Es la erudición del conocimiento, algo que, como se viene sabiendo de antiguo, no sirve para absolutamente nada que no sea eludir una dificultad, es decir, creer que se ha salido del paso con cierta dignidad. 

Pues sí, comparar, algo odioso como dice el dicho, es confesar la incapacidad para enjuiciar la cosa en sí. ¿Qué quieres decir cuando dices que tal película recuerda a las de John Ford? ¿Quién es John Ford? ¿Es que se debe suponer que todos saben quién es y cómo son sus películas? Es de todo punto ridículo. Como de Preciosas Ridículas de Moliere... una comparación, ésta, que lo único que demuestra es que soy un pedante. 

El caso es que así suelen ser todas las conversaciones que se mantienen en los foros atiborrados de esa clase social que se ha dado en llamar la de los pantomimas full. Que sí, son lugares que están bien para los adolescentes que necesitan el apuntalamiento de la moda para mantenerse erguidos, pero que cuando se frecuentan más allá de la primera juventud es signo patognomónico de una debilidad mental que no da para más que para acceder a la categoría de funcionario público. 

¡Qué rabia, madre mía, haber tardado tanto en caer en la cuenta! ¡Qué vergüenza de vida! 

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