martes, 9 de enero de 2024

Lo dice la ciencia

Por lo visto, vuelve la moda de las mascarillas. Quién puede discutir su efectividad si lo dice la ciencia. Ya ven ustedes, se empieza por el anís y se acaba por las mascarillas. Si no se lo creen, googleen anís del mono y verán que en la etiqueta del producto hay un mono que se parece mucho a Darwin y que en su mano izquierda lleva un papel que dice: soy el mejor, la ciencia lo dijo, y yo no miento. Pues, con las mascarillas, exactamente igual. Porque no es que coloquen tanto como un carajillo de anís del mono, pero pueden estar seguros de que colocan lo suyo. Y no voy a entrar en cálculos ahora de por qué la mascarilla coloca, pero si quisiera les podría dar una clase magistral sobre las alteraciones que la mascarilla produce en el intercambio gaseoso y cómo esas alteraciones afectan al cerebro de una forma simpática. ¡Como para protestar por el invento! En fin, parece que la pragmática emitida por el gobierno de momento solo afecta a los centros sanitarios. Así que con un poco de suerte nos libramos. Porque no creo que vaya a durar mucho esta racha de catarros porque ya se nota que los días son más largos. 

En cualquier caso, con mascarillas o sin ellas, la cosa al parecer anda por ahí más revuelta de lo que nos tiene acostumbrados. Veía ayer un video de lo más divertido en el que los labradores alemanes iban al centro de Berlín con sus cubas llenas de purines para arrojarlos con delectación en las fachadas de las sagradas instituciones públicas. El que haya vivido en la Cataluña interior, por donde la Serralada Central, sabe muy bien lo que es que te arrojen los purines a las puertas de tu casa. Ahí sí que no hay mascarilla que valga: el hedor traspasa hasta las paredes. Y ya, luego, si a los labradores se unen los camioneros... no sé qué va a pasar con todo esto, pero pido a Dios que no se cebe con nosotros como hizo con aquellos egipcios que se habían pasado un poco de soberbios... que es en lo que, a mi parecer, estamos.

Por lo demás, ahí vamos, entretenidos con nuestras cosas. Mientras haya voluntad para ello, tiraremos pa lante. Así que como ya tengo bastante controlada la Estrellita de Ponce, voy a ver con qué nueva partitura me pongo. Quizá Cielito Lindo que es de aquellas canciones que nos sabíamos de niños de tanto escucharlas en los altavoces del Hotel Cantábrico. Subíamos de merienda a los picos y desde allí escuchábamos resonar todo el valle con los aires que se había traído Fonso, el propietario del hotel, de sus aventuras equinociales. Es muy curioso esto de las melodías de la infancia. Seguro que es lo último que se atreve a borrar el alzheimer. En fin, en resumidas cuentas, que mientras tengamos canciones en la cabeza será difícil que alguien nos doblegue, ya sea con mascarillas, ya con purines... porque, coges, agarras, te vas a YouTube y pones Rosalía y ya estás en otro mundo. ¡Qué prodigio, por todos lo dioses del Olimpo! Nunca escuché cosa igual.  

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