Andaba Casanova a la sazón por Rusia. Haciendo lo de siempre, mucha vida social, y ningún trabajo del que nos dé cuenta. Rusia no deja de sorprenderle con sus diferentes costumbres. Había ido por el campo a dar un paseo en compañía de un príncipe o conde, porque, de ahí para abajo, no se trata con nadie, y, en estas estando, vieron a una joven que les pareció bellísima que, asustada al verlos, corría despavorida hacia una cabaña que había por allí. Y, como buenos ociosos, allí se dirigieron a ver qué se podía hacer. Casanova propuso tomarla como criada. Pero su amigo ruso le dijo que eso era imposible. La solución era comprarla y convertirla en esclava, es decir, con derecho a pegarla. Por cien rublos, porque según sus padres era virgen. Pero ahí no acabó la cosa, porque hubiera sido ofensivo que Casanova no comprobase la autenticidad de la afirmación de los padres. Así que, con el más que beneplácito de la chiquilla, catorce años tenía, Casanova tuvo que andar hurgando por allí en presencia de toda la concurrencia que no perdía detalle. Realizados los tramites, que, Casanova confiesa, no le cercioraron de nada, se la llevó para casa y en tres meses ya le había enseñado veneciano y todo tipo de normas para poder ser presentada en sociedad. Porque, por lo visto, en Rusia, al contrario que en el resto de Europa, nadie preguntaba por la naturaleza de la relación con la mujer que un hombre llevaba a su lado.
Ya me dirán, con una cría de catorce años, la edad de la insaciabilidad... picotazo y al alero: demasiado para un hombre que andaba ya por unos cuarenta demasiado trabajados. Por eso debió ser, de tanto triquitriqui, que la inconfesable dolencia crónica, que había adquirido cuando estuvo preso en la cárcel del Peso en Venecia, hiciese un brote agudo que, como hubiese dicho Ángel, el de los proscritos de Alar: las tengo rabiando. Las dichosas hemorroides, el silencioso azote que obliga a transigir a las juventudes demoradas que se estaban resistiendo a dar el salto a la madurez. Yo no sé en qué proporción afecta esta dolencia porque, ya digo, parece inconfesable. En cualquier caso, apostaría por los altos porcentajes. Y por propia experiencia sé que un brote agudo viene a ser como esa pica que les ponen a los toros para rebajarles la bravura. En resumidas cuentas, que, o muy tonto, o propósito de la enmienda: no queda más remedio que bajar el pistón.
Por eso fue, por tenerlas rabiando, que Casanova requiriese los servicios del médico más prestigioso de San Petersburgo, que, a su vez, le recomendó una de aquellas operaciones horrorosas que se hacían por entonces. Por suerte para Casanova, el cirujano al que fue enviado era un hombre sabio que le dijo que primero iban a probar con una dieta y régimen de vida. Y, como se suele decir, mano de santo.
Sé por experiencia propia lo que es el calvario de los últimos estertores juveniles. Un brote agudo y sanseacabó. En adelante a comportarse. Porque ahí están para los restos y no hay terapia radical que valga. A nada que te sobrepasas, avisan de lo que te puede venir como no pares. Sin duda es uno de entre los más ingeniosos resortes que tiene la naturaleza para preservarnos. O pasas por el aro de las costumbres higiénicas o rabias y, de paso, te destruyes. Porque así son las cosas de la vida, para las almorranas y para todo lo demás: el dolor asomando siempre por el horizonte. Lo que pasa es que de tan asumido que lo tenemos ya ni nos enteramos.
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