jueves, 11 de enero de 2024

El Buen Amor

 A Azorín se le muere el maestro, se le muere el amor platónico, se va a Madrid, visita Toledo... todo, absolutamente todo, contribuye a que su estado de ánimo sea lo siguiente a depresivo. Aquella España en la que se estaba cociendo la guerra civil que vino luego no era, desde luego, para espíritus sensibles. Los políticos, la hez de la sociedad, y también su destilado. Es el país de la alegría impostada, la chulería, el gusto hortera. Todo se jodió en el siglo y pico que va de El Libro del Buen Amor a la Celestina. De lo objetivo a lo subjetivo. De la espiritualidad de la Reconquista a la acción de la Conquista de América.

Es un punto de vista curioso por el que es difícil no sentir simpatía. Tengo relativamente recientes las lecturas de esos dos libros y recuerdo perfectamente el estado de ánimo que me suscitó uno y otro. Diría que se invirtieron respecto del suscitado por las antiguas lecturas. El Libro del Buen Amor gano enteros en la misma proporción que los perdió la Celestina. En el uno se está en el apogeo y en el otro ya se va de retirada. En la Celestina ya se masca la decadencia que venimos arrastrando desde que conseguimos por fin echar a los moros. Es como si la vida hubiese perdido su sentido primigenio... que es lo que destila por los cuatro costados El Libro del Buen Amor. 

Pero, vete tú a saber, porque en esto de las conjeturas siempre que uno busca las encuentra. Pero algo es evidente y, eso es que, el estado de ánimo de Azorín en aquellos días que, como les decía, se estaba mascando la tragedia, tiene muchas similitudes con el que nos señorea a no pocos en estos días en los que hay que estar muy ciego para no darse cuenta de que pintan bastos. El rollo de las pandemias, de los calentamientos globales, de los ajustes de cuentas con la historia, de las confusas identidades... son demasiados sinsentidos de una tacada como para que no tengamos la mosca detrás de la oreja de que hay una intencionalidad premeditada. ¿Cómo salir de todo esto por las buenas?

Bueno, ¿saben qué?, que me voy a Mercadona a aprovisionarme. Porque eso es como lo del Arcipreste, contacto con la realidad objetiva. Uno ve esas estanterías rebosantes y como que el espíritu se le serena. No, no es posible, te dices, que, estando así las estanterías, pueda pasar cualquiera de esas premoniciones funestas que hacen los agoreros. Esas estanterías no serían posibles sin una sociedad que funciona.   

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