sábado, 13 de enero de 2024

Hijos

  <<Y es cierto -piensa Azorín mientras baja por la calle de Toledo- que yo tengo un cansancio, un hastío indefinible...>>

<<Y luego. cuando salió mi artículo sobre el Amor Libre, ¡un aluvión de protestas! "El autor -decía en una de ellas un viejo progresista- o es un loco o no debe de tener hijas..." No, no tenía hijas ni nada...>>

<<Azorín entra en la calle de los Estudios. Pasa por la misma una mujer con dos niños. Y Azorín piensa:

No sé qué estúpida vanidad, qué monstruoso deseo de inmortalidad, nos lleva a continuar nuestra personalidad más allá de nosotros. Yo tengo por la obra más criminal esta de empeñarnos en que prosiga indefinidamente una humanidad que siempre ha de sentirse estremecida por el dolor; por el dolor del deseo incumplido, por el dolor, más angustioso todavía, del deseo satisfecho... Podrán llegar los hombres al más alto grado de bienestar, ser todos buenos, ser todos inteligentes..., pero no serán felices; porque el tiempo se lleva la juventud y la belleza, trae a nosotros la añoranza melancólica por las pasadas agradables sensaciones. Y el recuerdo será siempre fuente de tristeza... >>

Y todo este jeremiaco lamentar porque ha visto a una madre con dos hijos. Y no es que lo que dice me parezca carente o no de lógica, que en eso no quiero entrar ahora; lo que me pregunto es si Azorín hubiera escrito eso mismo si hubiese tenido hijos. Y es que ahí hay una cuestión que, a mi juicio, tiene mucho que ver con la hamletiana del "to be or not to be". Ser o no ser, tener o no tener hijos. ¿Por qué unos tienen hijos y otros no? Para mí cada vez está más claro: es un asunto de la exclusiva competencia de los dioses. A quién quieren se los dan y al que quieren se los hurtan. En mi caso, al menos, no recuerdo que hubiera una voluntad expresa. Vinieron porque vinieron y, a partir de ahí, ya todo fue diferente. Nunca más me los pude sacar de la cabeza. Su bienestar y seguridad es una obsesión permanente. Y uno comprende perfectamente que es todo pura biología: estamos programados para sentir que en los hijos nos prolongamos. Una ilusión, en definitiva, que todos los sabios razonamientos nunca podrán destruir. 

Ni mejor, ni peor. Simplemente es, como digo, por el querer de los dioses. Te llevan por un lado o te llevan por otro. Y, de ello depende el que veas las cosas de un modo u otro. Azorín, que no los tenía, deja constancia de cómo las ve él. Aunque eso no quiere decir que todos los que no los tengan lo vean igual. Lo mismo que tampoco los que los tienen vayan todos a sentir prolongarse en ellos. Pero yo no negaría que hay una tendencia irreprimible según de qué lado te hayan colocado los dioses. En fin, hijos.

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