Ayer me tocó acompañar a los albañiles que están arreglando un piso a mis hijas. A las nueve me recogieron, aquí, al lado de casa, para ir a Leroy Merlín. En la típica furgo gitana, o sea, llena de mierdas hasta los topes. Multiservicios que le dicen. Con la sintonía de el bueno, el feo y el malo, sonando cada sí y cada no. Leroy era una fiesta. No hay mejor signo de que la cosa, digan lo que digan los perdedores, está marchando. De repente, a todo el mundo le ha dado por querer arreglar su nido. Pisos, portales, fachadas, la ciudad está adquiriendo un aspecto cada vez más señorial. Así que no es de extrañar que, en un día cualquiera de enero, pululen por el centro neurálgico los rebañitos de turistas escuchando atentamente a su monitor. Y es que, claro, al aspecto señorial, hay que añadir la benignidad del clima y, por si eso fuera poco, un par de historias catastróficas que en el pasado arrasaron la ciudad en plan el coloso en llamas. A ver quién es el guapo que no va a escuchar eso con atención. Resumiendo, que todo son nichos de empleo. Uno no para de sorprenderse; aquí en el barrio, el local sórdido de ayer, de repente se ha convertido en club de baile caribeño que se anuncia con un mural deslumbrante en el que muestran su nunca apagada alegría Celia Cruz, Rubén Blades y otras estrellas inmortales. O aquel tabuco, largo ha clausurado, que era nido de basuras, es ahora una tienda de artículos para pescadores que se anuncia con un rutilante cartelón en el que junto al nombre, Tinta y Escamas, se ven unos calamares y peces, todos sonrientes. Sin duda, hay en la ciudad mucho artista del mural. Y no hablemos, ya, de sitios para hacerse las uñas y afinarse el cutis. O todos aquellos baruchos que no decían nada, ahora, pintados, con sus cenefas de luces de colores, su musiquilla caribeña, parecen representaciones del paraíso hallado de Milton. Así que hay que verlos un sábado a la caída de la tarde... hay allí carne envasada al vacío para dar y tomar.
Ya ven, esta ciudad que siempre fue un muermo, con sus señoritos estirados... del culo cagao, que les decían, es ahora, un hervidero de actividad por obra y gracia de una renovación de la sangre que corre por sus calles. Es lo que tiene el que la gente del lugar de toda la vida prefiera los perros a los niños, que se va haciendo un hueco que otros vienen a llenar. Y no hay gente con más ganas de vivir y reproducirse que la que lo ha arriesgado todo para buscar mejor vida. A esos no se les pone nada por delante. Son el huevo que eclosiona al calor de las cenizas de los que se quemaron de tanto ir a la playa, pasear al perro y tomar vinos a diario. Así es toda la historia de la humanidad: unos se apagan y otros se encienden. Y la vida sigue igual. Con multiservicios a tutiplén.
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