martes, 23 de enero de 2024

El honor

Hay un director de cine americano, Sam Peckimpah, cuyas películas se caracterizan porque la sangre salpica al espectador. Es la violencia llevada al extremo. Su recreación como pretendido arte. Conseguir eso con imágenes en color, tampoco creo que sea algo del otro mundo. A la que ves media docena de esas imágenes ya te dan risa; es como si estuvieses embadurnando la hamburguesa con kétchup. Otra cosa es conseguir salpicar con la escritura. Ando ahora por esa parte de la Ilíada en la que Aquiles se decide a entrar en la lid para vengar la muerte de Patroclo, su amigo del alma. Hay un largo preámbulo para ir calentando motores. La forma en que depone su cólera por lo de Briseida; el río de lágrimas que vierte sobre el cadáver de Patroclo; las armas que Hefestos le fabrica por encargo de su madre Tetis; el consejo de Odiseo de que coma algo antes de lanzarse a la lucha y su negativa, todo muy bien argumentado; la rayita de néctar y ambrosía que le proporciona Atenea para que no note los efectos del cansancio... hasta que el lector ya no puede aguantar más las ganas que tiene de verle entrar en acción. Pero todo llega y, entonces, es la mundial, como se suele decir. Porque Aquiles no mata, como pasa en el cine, seres anónimos; no, va uno por uno, personajes con su historia, su linaje, su procedencia, su status y, luego, la descripción minuciosa, con todos los detalles anatómicos, de por donde le entra la lanza, por donde le sale, lo que se siente al ser atravesado, las vísceras que se escapan por las heridas... Y a por otro y a por otro y a por otro. Sin piedad. Si alguno abraza sus rodillas implorando clemencia, aprovecha que esté en esa posición para mejor segarle la cabeza de un tajo. Y, entonces, la sangre brota como de un surtidor por las arterias del cuello. Sorprende la cantidad de anatomía que se conocía en aquellos lejanos tiempos. A partir de esta matanza, los acontecimientos se precipitan; es imposible meter más tensión narrativa que la que hay en las últimas cien páginas de la Ilíada. Más o menos, todo el mundo sabe lo que pasa. Porque es una historia contada millones de veces de todas las formas habidas y por haber. 

Y todo porque una paya, que estaba muy buena, eso sí, decide abandonar a su marido e irse con otro. El honor, ese sentimiento que tantos quebraderos de cabeza ha dado a la humanidad. En realidad, si bien se mira, el honor no es sino desprecio de la vida o, dicho de otra manera, una pulsión suicida. Los duelos. A tota ultrança, como repiten mil veces en Tirant lo Blanc. Ahora tengo a Casanova reponiéndose de las averías que le ha proporcionado el duelo que ha mantenido con un tipo, príncipe, por supuesto, por unas palabras delante de una tía que han sido interpretadas como desprecio. Una chorrada de esas que cualquiera hubiese resuelto con un dar la espalda a la vez que pronunciando un ¡que te den! Pero, así son las cosas: para el que no está bien en la vida, cualquier excusa es buena para morir. Y es que es muy complicado eso de estar bien en la vida. 

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