Se empeña María en que lea un relato de un escritor americano que tuvo su predicamento a mediados del siglo pasado. Es de esos relatos canónicos, es decir, escrito como enseñan en las universidades americanas que hay que escribir. O sea, irreprochable. Por lo demás se trata de una familia acomodada que está veraneando en su casa de una de esas islas de lujo que hay por el noreste de EEUU. Madre y cuatro o cinco hijos con sus respectivas descendencias. Uno de los hermanos, por los cuarenta o así, conserva todo el esplendor de la adolescencia y así es que le parece fatal, y lo dice, todo lo que hacen su madre y sus hermanos y hermana. El padre se había ahogado años antes mientras practicaba la vela. El caso es que al chico no le faltan motivos para estar encabronado porque todos los usos y costumbres de su familia son los típicos de la burguesía decadente: mucho alcohol, mucho orgullo de casta y, sobre todo, mucho vivir en el pasado. En definitiva, como suele pasar en la mala literatura, la que, como dice Sostres, le gusta a las chachas, se exagera mucho el carácter del chivo expiatorio. Es bastante ridículo porque esa misma sensación de inadaptabilidad y desprecio se puede conseguir de mil maneras más sutiles. Pero los americanos son así, si al final no hay violencia liberadora no se vende el producto.
Confieso mi simpatía por el inadaptado, por más que comprenda que es un redomado necio. Aunque, por supuesto, mucho menos necio que el resto de los personajes, tan normales ellos. Conozco bien esos ambientes de normalidad que en su día me horrorizaron e impulsaron al autoexilio. Fue el contacto con el mundo el que me hizo comprender que esas casas de veraneo en las que las familias se recuecen en sí mismas esperando a que llegue la hora del aperitivo, que al final son todas las horas, son la confesión de una impotencia para vivir. Están descansando de un año de trabajo, me dice María. Ya comprendo, pero ese tipo de descanso es como cobrarse un anticipo del paraíso. Néctar y ambrosía por un tubo. Para una persona que está viva, descansar será cambiar el muermo de la rutina por el stress de la aventura. Pero, una rutina por otra, ¡ya me dirás tú que descanso puede ser ese!
El chaval inadaptado que hace de chivo es inverosímil. A esa edad, por muy tarado que se esté, como yo, por poner un ejemplo, ya se ha aprendido a hacerse a un lado. Porque eso de ir a hacer de espejo en el que pretendes que todos se vean muy feos es de todo punto inútil a la vez que demasiado trabajoso. La gente, familia sobre todo, que está amontonada no se ve en los espejos como de sobra sabemos desde que leímos Drácula. En fin, allá cada cual con sus colmillos.
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