Esto de los algoritmos, o lo que sea, es cosa bien curiosa. De repente han empezado a aparecer, siempre que abro la página de YouTube, vídeos cortos en los que se ve, ya sea Reagan, ya Thatcher, exponiendo sus teorías que, como algunos de ustedes sabrán, sobre todo si fueron fervientes lectores de El País, antiguo independiente de la mañana y hoy periódico global, fueron dos seres detestables y, en el caso de Reagan, con un coeficiente intelectual rayando la oligofrenia. Ya ven, así es la vida, de todos los gobernantes que hubo hace cuarenta años parece ser que los únicos que conservan algún interés para la gente son estos dos impresentables al sentir de los forofos de El País y todo los medios de comunicación afines que, a buen seguro, son la mayoría... o, mejor dicho, eran, porque los tiempos cambian y el progre de ayer es el cadáver viviente de hoy.
Recuerdo algunas tertulias en las que se me ocurrió alabar a estos dos personajes y contento debería estar de haber salido de allí con vida. Y ya ves, por ahí anda ahora Milei plantando cara y los del Instituto Juan de Mariana sacando pecho y solo los desesperados se atreven a contradecirles. Por cada ciudadano activo, lector de El País, hay cien que escuchan a los yuotubers de ideología liberal. No se engañen al respecto, la gente que respira está de comunismo que ya no puede más y al algoritmo de YouTube no le ha pasado desapercibido el dato. Pues venga, han dicho, que se atiborren de Thatcher, que era una madre coraje, y de Reagan que era un padrazo con mucho sentido del humor. Los precursores, o bautistas, del nuevo mundo que irremisiblemente viene.
Me lo corroboraba el otro día la dueña de la librería de lance que frecuento. Qué está pasando, me preguntaba, que cada vez viene más gente pidiendo las obras de Homero, Cervantes y clásicos en general. Pues lo que pasa es eso, que la gente está despertando y la lucidez no soporta los sucedáneos. ¡Ya estuvo bien de literatura para chachas! De ideología con vaselina. ¡Por Dios Bendito, que aburrimiento!
En resumidas cuentas, que ando enfrascado con los Elementos de Euclides. Y cada vez comprendo más porque desde la llegada de las ideologías comunitaristas hubo tanto interés por sacar a ese libro de los circuitos de la enseñanza. Es muy complicado y no sirve para nada, dijeron los muy ladinos. Y es que para ellos la palabra nada significa el pensar de los otros. Para eso, para pensar, ya estamos nosotros, argumentaban. Cada párrafo de ese libro es una parada y fonda en el mundo de la reflexión. Todas las palabras están definidas y, ahí, es donde reside la enjundia del invento, que caes en la cuenta de hasta qué punto tu lenguaje es limitado, y tu entendimiento romo. Romo porque, normalmente, intentas razonar utilizando palabras de las que no estás seguro de su verdadero significado. ¿Cómo vas a entender un enunciado si tienes cogido con alfileres el significado de las palabras que lo componen?
Continuará.
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