Prometeo sabía que Zeus había de ser destronado a no más tardar por el hijo salido de uno de sus caprichos. No necesitaba concretar. Solo utilizaba la lógica para su pronóstico. Zeus era un tirano y, como tal, arbitrario. Y no hay nada tan destructivo como la arbitrariedad. Demasiado humano para cosa buena. Siempre viendo enemigos, tomando partido y todas esas cosas impropias de un dios. De todas formas, apuntó correctamente cuando encadenó a Prometeo. Zeus no era tonto y por eso comprendió desde el primer momento que la traición de Prometeo era definitiva. Al haber suministrado el fuego a los hombres de un día ya sería imposible dominarles porque podían ver por sus propios ojos.
Por eso es que no haya nada que persigan más los tiranos que a los que difunden la luz. Y es que su poder se sustenta en la oscuridad. De hecho, todos los poderes se sustentan en la oscuridad porque todos son tiránicos. Sin imposición por la fuerza nadie puede mandar y lo único a lo que podemos aspirar es a que el que tiene la fuerza sea lo menos arbitrario posible. Es decir, que sea inteligente. Si es inteligente, resistirá.
El problema que tienen los tiranos poco inteligentes, que, en este mundo que vivimos vienen a ser todos, es que hay difusores de luz por doquier. Cada vez más gente ve de qué pie cojean. Y por eso no les queda más remedio que elevar en unos cuantos grados su arbitrariedad y, así, acelerar su caída. Cuando son inteligentes, cosa milagrosa, por cierto, hacen la de Solón, largarse antes de que les echen.
Bueno, ahí veíamos ayer al tirano venezolano elevando su arbitrariedad a cotas estratosféricas. Y los tiranos de Rusia y China, los más estratosféricos de todos, se apresuraron a felicitarle. Vamos a ver en qué acaba todo esto.
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