Ayer, al mediodía, salí a dar una vuelta con la intención de sentarme en un banco del muelle pesquero a leer un rato el libro de Schopenhauer que me traigo entre manos: Pensamiento, Palabras y Música. Ya no recuerdo la de vueltas que le he dado, pero otras mil que le diese me seguiría sorprendiendo. El caso es que al llegar allí me encontré con conocidos que estaban mirando lo que se cocía en la dársena con motivo de la festividad del Carmen, patrona de los pescadores. Nos pusimos a charlar y fui gratamente sorprendido por la profundidad y agilidad mental de uno de los contertulios, un jubilado de actividades relacionadas con la pesca. Se puso el hombre a explicarle a otro que había sido profesor toda su vida las sorprendentes cualidades del número fi, el de la proporción áurea. El profesor, por supuesto, ni había oído hablar de ello. Luego, ya, entramos en honduras y ni te digo la diferencia del razonar entre uno y otro. El profesor tenía lo de la lucha de clases en el tuétano de sus neuronas, así que ya nos podemos imaginar lo que ha estado enseñando toda su vida a los alumnos. Nada, por otra parte, de lo que preocuparse, porque, sabido es que, por ley incontrovertible de la naturaleza, de profesores doctrinarios siempre salen alumnos anarquistas. Los barcos ya se habían ido a pasear a la Virgen por la bahía y nosotros resistimos un buen rato allí venga y dale. Cuando se fueron los contertulios, me senté a leer, pero no resistí mucho, porque iba con pantalones cortos y había por allí muchas moscas cojoneras... me comían las pantorrillas a picotazos... cosas de los días bochornosos.
Sin embargo, resistí lo suficiente para recibir una llamada al orden:
"La lectura no es más que un sucedáneo del propio pensar. Dejamos que nuestra mente, sobre andadores, siga el camino que otro va señalando. A esto se añade que muchos libros sirven solo para mostrar cuántos falsos caminos existen y cómo podemos extraviarnos si los seguimos. Pero aquel a quien el genio dirige, es decir, el que piensa por sí mismo, el que piensa libre y profundamente, este posee la brújula para encontrar el camino verdadero.
Hay que leer tan solo cuando se seca la fuente de los propios pensamientos; lo cual sucede con frecuencia aún a las mejores cabezas. Pero desechar los pensamientos propios y auténticos, para tomar un libro en la mano, es pecado contra el Espíritu Santo. Sería como si huyésemos de la naturaleza libre para contemplar un museo de plantas disecadas o para observar bellos paisajes grabados en láminas de cobre."
Seguramente he pasado más de la mitad de mi vida pegado a los libros. Y desde luego que no por ello he dejado de hacer todas las tonterías que están en el catálogo y unas cuantas más. No sé qué de práctico habré aprendido en ellos porque ya estoy para irme y mi impresión es que sigo más o menos igual de tonto que al empezar a tomar conciencia de mí mismo. El haber aprendido unas cuantas cosas de poco me sirve para andar con soltura por la vida. A la hora de la verdad todo mi arte ha consistido en poner en práctica aquello de que hay más honor en huir de los agravios que en vencerlos resistiendo. Siempre parapetado tras frases que sacaba de los libros. Esa ha sido la soberbia que tanto me ha limitado.
Pero, en fin, cada uno es como es y Dios, en donde quita, pone. A mí me ha puesto lo de los libros porque me ha quitado otras cosas que todavía no he descubierto cuales son, aunque lo sospecho. Pero ésta es otra historia.
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