Seguramente, ya retorné a Ítaca. Desde que, hace tres años ya, me instalé en este barrio que bordea la dársena del Pesquero, no tengo el menor deseo de hacer otra cosa que lo que hago. Madrugar, escribir estas reflexiones patateras, tocar un rato la guitarra, leer cuatro párrafos de mi exigua biblioteca, intentar resolver algún problema, mayormente de geometría, pasear unos cuantos kilómetros al día, charlar con algún amigo, interesarme con discreción por la marcha de mi progenie... la verdad es que estoy lo suficientemente ocupado como para que no haya lugar a que vengan a asaltarme cualquiera de las ansias de huida que antaño me atormentaban. Ahora sí que puedo decir, como Pessoa, que ya he visto todo lo que no había visto.
El caso es que estoy otra vez demorándome con la Odisea. Ahora es el momento, cuando tengo fresca la Ilíada. Son para mí, éstas, unas lecturas gozosas porque en todo momento estoy situado en el contexto. Es como cuando de niño escuchaba las historias de mi pueblo: todo me encajaba aunque no entendiese nada. Porque nos enteramos de lo que hacen los hombres sobre la tierra pero nunca sabremos, más allá de las meras conjeturas, el porqué de que hagan lo que hacen y no otras cosas. Y eso es lo bonito, el no poder pasar de las conjeturas, porqué, qué erial no serían nuestras vidas si los diversos lenguajes con los que nos expresamos fuesen trasparentes como el agua cristalina. Desprovistos de la necesidad de interpretar volveríamos a la condición animal.
La Ilíada y la Odisea; intuyes que ahí está toda tu vida. Que esas historias te pueden ayudar a desentrañarla. A intentar conocerte a ti mismo si es que eso fuera posible. Primero, vas a la guerra, cuando la producción de testosterona está en sus máximos; si sobrevives, inicias el regreso a casa, que no siempre, por no decir nuca, es fácil. A veces hay que demorarse mucho por el camino para dar tiempo a que las heridas dejen de supurar. Luego, cuando por fin llegas a casa, tienes que hacerlo a hurtadillas porque se han acostumbrado a vivir sin ti y una entrada triunfal podría ser letal. Hay que matar primero a los pretendientes. Porque siempre aparecen cuando te ausentas. Sin el ojo del amo el caballo se consume en cuatro días. En fin, material de primera calidad para lucubrar sobre la vida en general y la propia en particular. Digamos que es como una especie de vicio que tenemos algunos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario