Hablando acerca de lo complicado de la mente humana y el cómo desentrañar los vericuetos que conducen al nudo que la oprime y atormenta, hasta que, una vez encontrado, ya es posible sacar la espada para deshacerle cual hiciera Alejandro con el Gordiano. Hace falta un considerable bagaje de conocimientos sobre la condición humana para dedicarse a eso. Y también, un acerado dominio de la lógica. Me explicaban ayer el proceso y yo me remitía a la geometría. El bagaje necesario de teoremas y su lógica concatenación para llegar a la resolución de un problema.
La geometría es la gimnasia necesaria para hacer músculo. Bien que lo sabían los griegos de cuando Pericles y Platón. Sin ese músculo previo tenías vetado el acceso a la Academia. Pero, ¡ay, si los problemas de la mente fuesen tan simples como los de la geometría! Nada más lejos de la realidad. Los unos tienen siempre solución y los otros, lo más, lo más, aproximaciones que bien pudieran ser meras ilusiones. Y es que no es lo mismo trabajar con axiomas que con conjeturas. Concatenar conjeturas es tarea de titanes de la imaginación. Por eso, supongo, es tan apasionante cuando se accede a ello. De hecho, todos aspiramos a ser un poco de eso. Todos nos ponemos a escarbar de vez en cuando y, a veces, pensamos que hemos conseguido perforar unas cuantas capas de la realidad... nada más lejos: estamos condenados a permanecer siempre en los inicios. Precisamente por eso fabricamos a los dioses, para poder soportar la conciencia de nuestra inutilidad.
Los dioses, y sus hijas las musas concretamente, de vez en cuando tocan a alguien con su gracia. Entonces tenemos un Homero o un Sófocles que con sus brillantes intuiciones nos deslumbran por un rato. Sí, tiene que así, como dicen estos gigantes, te dices. Y, entonces, fabricas una teoría acerca de ello. Pero nunca puede ir más allá de ser mera literatura. La literatura, el gran invento de los humanos para poder sentirse dioses por un rato.
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