"... Un viejo no interesa ya a nadie... Habría, sin embargo, cosas curiosísimas que decir sobre ellos. Mire usted: hay ciertos actos de mi vida pasada que solo ahora empiezo a comprender. Sí, empiezo solo a comprender que no tienen en absoluto la significación que yo creía en otro tiempo, al realizarlos... Solo ahora comprendo que he vivido engañado toda mi vida. Mi mujer me ha engañado; mi hijo me ha engañado; todo el mundo me ha engañado; el Señor me ha engañado."
Esta es parte de la conversación que mantiene el alterego de Gide con su viejo profesor de piano en Los Monederos Falsos. El viejo profesor sigue activo, pero lo más apartado del mundo que puede. Ya no le interesan los alumnos para ganar el sustento; prefiere vivir en la miseria con tal de poder disfrutar de su trabajo, para lo cual necesita que sus alumnos sean capaces de aupase sobre sus hombros para ver más allá. Porque esa es la historia del conocimiento humano, un continuo auparse sobre los hombros de los que nos precedieron. Quizá por eso, pocas satisfacciones mayores podrá tener el ser humano que el tener conciencia de que sus hombros le sirvieron a alguien para auparse sobre ellos. En el fondo, y en la superficie también, es la única forma de inmortalidad posible: la de los que pusieron sus hombros y la de los que se auparon sobre ellos.
Por todo lo cual es por lo que es tan importante saber escoger los hombros sobre los que nos aupamos. Porque el conocimiento es como un edificio que cuanto más profundos son sus fundamentos mejor soporta los embates de los elementos: del miedo y de la mentira, principalmente. En fin, los viejos, ¿qué les ha enseñado la vida si todavía quieren andar por ahí -por los bailes de los vampiros- tratando de pillar alguna sensación interesante? Desgraciado es aquel viejo que no se puede aupar sobre los hombros de sus más aventajados discípulos. Porque de ser así, poco habrá vivido. No habrá dejado algo que merezca la pena tras sí.
No hay comentarios:
Publicar un comentario