viernes, 19 de julio de 2024

Los elementos

Estaba, ayer, al atardecer, sentado en un banco del muelle del pesquero, en apacible compañía con María, contemplando a los niños que se bañaban al otro lado de la dársena, a los pescadores de caña, a los barcos que a esa hora suelen salir con su tripulación africana a faenar toda la noche... apenas intercambiábamos palabras que, por otra parte, escuchábamos como quien oye llover: es lo que tiene la costumbre que, sin que te des cuenta, te traslada a una especie de limbo del que solo te puede sacar, ya sea el dolor de huesos inherente a la exposición al relente en banco de madera, ya sea el plasta que se aproxima sonriente disimulando sus afilados colmillos, cual fue el caso que vino a amargarme la velada. ¡Uf! Menos mal que a uno la memoria le presta recursos que ayudan a relativizar. En este caso fue Montesquieu:

"En todas partes veo hombres que sin cesar hablan de sí mismos; son sus conversaciones un espejo que siempre retrata su impertinente cara; hablan de las menores cosas que les han sucedido y quieren que la eficacia con que las pintan les dé valor a los ojos ajenos; todo lo han hecho ellos, todo lo han visto, todo lo han dicho, y todo lo han pensado; son dechado universal, materia inagotable de comparaciones y manantial inexhausto de ejemplos. ¡Oh! ¡Qué insulsa cosa es el elogio que se refleja en el mismo sitio de donde sale!"

Está claro que en ningún sitio está uno a salvo de los elementos. Pero ya digo, uno con la ayuda de los amigos muertos, relativiza. Luego llega a casa, se pone confortable, agarra la Biblia, lee un rato, y retoma el sosiego para ir a descansar. 

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