sábado, 20 de julio de 2024

La mascletá

Ayer, las circunstancias me llevaron a tener que pasar por la plaza del Ayuntamiento hacia el mediodía. Pude observar que había una cola que la daba dos vueltas. Pregunté si aquello era para vacunarse de algo, pero no conseguí que me respondiesen. Se ve que no pillaron el chiste. En realidad, la cola se dirigía hacia una caseta en la que regalaban unos pañuelos azules que anudados al cuello sirven para que todos se enteren de que andas de fiesta. Es una cosa simpática y nada más. Como lo de los sanfermines o así. 

La cuestión es que la gente está por obedecer. Da igual lo que le manden. Todo es ver una cola y no desaprovechar la ocasión. Lo que hace mucha gente, se da por descontado que es lo que mola. Así que para qué comerse el tarro. Uno, sumándose a la corriente, no se aburre. Y en eso consiste toda la ciencia de la vida, en no aburrirse. No puedo estar más de acuerdo. 

No me negarán que es bien curiosa esta manía que le ha dado a la gente por obedecer. Todo es tan sibilino que pareciera como si las cosas se hiciesen de motu propio. Pasarse la vida recogiendo cacas de perro por la calle es una decisión conscientemente tomada, lo mismo que meterse diez horas de coche cada fin de semana o cinco de bar cada día. ¿Cómo es posible que el personal se someta a semejantes tormentos si antes alguien no les ha convencido de su bondad? 

Hay quien piensa que ese alguien es la televisión. O, mejor dicho, la televisión es la herramienta que utiliza ese alguien: la oligarquía de hierro que le dicen. Los soviéticos lo llamaban la nomenklatura. Y de esa nomenclatura es de donde salió aquello que se decía cuando yo era joven: si no tienen dinero para comprarla, habrá que regalársela... la televisión, por supuesto. 

En fin, ahí andaba ayer la gente escuchando la mascletá como si fuesen valencianos, a pecho descubierto. ¡Es que es tan divertido! 

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