"Una gran nube mental está descargando su rayo sosegado". Es inevitable. Anteayer fue El Salvador, ayer Argentina, hoy Venezuela; es una corriente que ya no hay quien la pare. No hay más que escuchar la música que se hace por toda Sudamérica o fijarse en las legiones de profesores de matemáticas que cuelgan sus vídeos en YouTube para darse cuenta de que los tiempos de los tiranos banderas ya se acabaron. Aquellos pueblos se están sacando de encima a pasos agigantados la mugre que les dejaron las reducciones jesuitas y todos aquellos paternalismos que tan bien casaron con los sistemas políticos prehispánicos. Por fin, allí, se abre paso la Escuela de Salamanca. La universidad Francisco Marroquín de Guatemala es una adelantada de las ideas llamadas a prevalecer en un próximo futuro. Poco a poco se va deshaciendo la Leyenda Negra y cada vez más sudamericanos van comprendiendo que el verdadero oro no es el que los españoles nos trajimos de allí sino el que llevamos. Yo no lo veré, pero me iré de aquí con la casi certeza de que el siglo XXI será un siglo sudamericano en la misma medida que el XX lo fue norteamericano.
Será un mundo mucho mejor, no me cabe la menor duda. Y lo será porque volverá a creer en Dios. O, simplemente, a pensar mejor. Está soberbia que venimos de vivir y que ha traído como consecuencia un mundo dependiente de las ortopedias hasta para respirar, tiene que dar paso a algo más ligero; por así decirlo, una transición de la asfixiante objetividad materialista a la etérea subjetividad del espíritu.
En fin, la eterna sonrisa de las ondas marinas. Todo va y viene, y ya tuvimos nuestro lote de certezas. Ahora toca dedicarse a la composición músical. Escuchen a Sergio Assad y entenderán lo que les quiero decir.
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