La edición que compré el otro día de los Elementos de Euclides es una joya. Es lo que se llama una edición facsímil, es decir, copia exacta de la que se publicó en 1774 por orden del que entonces era algo así como ministro de defensa, el Conde de O-Reilly, un señor que consideraba las muchas ventajas que se derivaban del estudio por parte de la juventud de los libros elementales, siendo entre estos uno de los más necesarios una exacta y completa Geometría, y que ninguna obra de este género sería tan útil para el intento como una buena traducción española de los Elementos de Euclides hecha de nuevo sobre la versión latina de Federico Comandino, conforme a la correctisima edición de ella recientemente publicada en Inglaterra, revisada, corregida y anotada por Roberto Simson, profesor de matemáticas en la universidad de Glasgow.
Sostenía el tal O-Reilly que para un buen cimentarse en cualquier ciencia lo mejor era recurrir a los autores originales. Y esto se cumplía sobre todo en la Geometría. Decía: "El orden y riguroso método sintético de demostrar, que sigue Euclides, aunque a primera vista polixo, y espinoso, es muy acomodado a la índole, y modo de proceder del entendimiento humano, y tiene las imponderables ventajas de rectificar el espíritu de los jóvenes, acostumbrándolos a discurrir con solidéz y escrûpulosa exactitud, y fijar su atención con la seria, y continua meditación, que necesariamente pide la cadena de ideas, y Proposiciones, en que se funda; de modo, que no solo los hace Geómetras, sino que insensiblemente los va habituando a ser excelentes Lógicos; requisito muy necesario, así para hacer progresos en las Ciencias, singularmente en las exactas, como para manejarse acertadamente en todos los negocios, y ocurrencias de la vida..."
En resumidas cuentas, que, "absténgase de entrar aquí el que no sepa geometría", que ponía en un cartel a la entrada de la Academia Platónica. Y es que, lo de entrar a esa Academia viene a ser como aquello de Hamlet, to be or no to be, ser o no ser. Saber pensar o no saber pensar, esa es la cuestión. Y no por nada sino porque el buen pensar te hace prudente y el mal pensar... ¡ustedes mismos!
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