Mi padre nació en el año cinco del siglo pasado. Tenía veintitantos cuando se fue de médico a un pueblo en medio de las montañas cantábricas. Como las viviendas estaban diseminadas en un territorio de varios kilómetros cuadrados y todos los caminos eran de herradura necesitó de la ayuda de un jamelgo. Pero como la vida allí era muy aburrida, no tardó en agenciarse un coche, un Citroën, para ir a escampar la boira a la capital de la provincia. Aunque la distancia apenas llegaba a los cincuenta kilómetros, el viaje era largo porque las carreteras en su mayoría eran de piedra suelta y con curvas de las de agarrarse. Por ello no le quedó a mi padre más remedio que añadir a su profesión la de mecánico de coches. De hecho, cuando yo era niño, por los años cuarenta, mi padre hizo construir un foso en el garaje para poder acceder fácilmente a los bajos del Opel de 33 que por entonces tenía. Eran coches que se escacharraban continuamente. Recuerdo que cada dos por tres había que estar lijando las escobillas de la dinamo so pena de que la batería no se cargase adecuadamente. Tener coche entonces, era un arte. Y según contaba mi padre, los señoritos, para destacar entre la plebe, se paseaban por los lugares de moda con sus gabardinas llenas de lamparones de grasa.
Les contaba estas batallas porque ayer decidí que ya no podía posponer más arreglar el ordenador. Lo restauro de tarde en tarde porque es un verdadero coñazo; tarda varias horas y luego hay que reinstalar todas las aplicaciones. La verdad es que a menos de cincuenta metros de casa tengo a un mecánico que me podría resolver el problema por cincuenta o cien euros, pero, por una especie de tonto pundonor, prefiero tomarme la molestia de hacerlo yo.
Me imagino que los ordenadores de hoy día, con todo lo sofisticados que son, están en un estado de desarrollo parecido al que estaban los coches en los años treinta y cuarenta del siglo pasado. Para hacerlos funcionar tenemos que ser medio informáticos. En cualquier caso soy consciente de que he tenido que aprender una pila de triquiñuelas para no tener que recurrir a los servicios de los profesionales. Mis buenos dolores de cabeza me ha costado, porque es que, además, a mí ya me pillaron estas cosas bastante mayor.
Así que, como todos los cachivaches vienen a tener más o menos la misma evolución, supongo que los ordenadores la tendrán parecida a la que tuvieron los coches, que ya hace muchos años que es rarísimo ver un coche apartado en la cuneta por avería. Lo compras, le pones gasolina y hasta que le cambias por otro no necesitas pasar por el garaje. En fin, la tecnología, esa engañosa arpía que nos incita a que nos creamos dioses. Hay que andarse con mucho cuidado con eso, porque tanto recurrir a sus servicios lo más probable es que nos estemos convirtiendo en seres discapacitados. ¿Qué podríamos hacer hoy día sin coches y ordenadores? No quiero ni pensarlo.
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