Cuando, hace ya bastantes años, salía a pasear en compañía de los proscritos por los bosques del lado sur de la precordillera cantábrica me enteré de muchas cosas. Ellos no sabían muchas cosas que sé yo, pero disponían de una sabiduría útil que iban todo el rato pregonando. Por el bosque hay mil signos para el que sabe verlos y, sobre todo, montones de cosas útiles para la vida. Recuerdo, por ejemplo, los gamones, que son los tallos de los asfódelos, que, una vez secos, se guardaban antaño en las casas para trasportar el fuego de una habitación a otra. Por lo visto, arden muy lentos. Ya se me ha olvidado casi todo lo que aprendí de ellos, pero recuerdo perfectamente lo orgullosos que estaban de sus conocimientos y como disputaban entre ellos por ser el primero de la clase. También recuerdo la práctica imposibilidad que tenían para escuchar al otro. No les interesaba nada lo que no redundara en el afianzamiento de su convicción de ser mejor que los demás. Por hache o por be, no había día que no encontrasen algo con lo que cargar: algo útil para el convento, como dice el chiste. Así es que tenían las casas que no cabía una cosa más. Solo había uno que pasaba de todo, el que había sido pastor y no había salido del pueblo, lo cual daba a los otros motivos más que sobrados para escarnecerle. Era todo como de libro: la condición humana en sus estadios primigenios.
Les contaba esto porque estoy convencido que la pasión por el conocimiento es inherente a la condición humana. Todo el mundo está siempre intentando aprender algo nuevo, aunque sea la alienación del equipo de futbol de su barrio, el caso es embutir la cabeza con alguna novedad de la que prevees su utilidad: soltar de carrerilla la alienación del equipo de futbol de tu barrio te puede prestigiar entre los contertulios del bar de la esquina. Y ahí está el quid de toda esta pasión por el conocer, en su utilidad.
Siempre que nos esforzamos por adquirir un nuevo conocimiento lo hacemos en la creencia de que puede mejorar nuestra vida. Como todo, por lo general, es solo una ilusión. O mejor, si quieren, una vanidad. Es decir, la sustancia de que está compuesta casi toda nuestra vida. Y ese casi que se escapa, es decir, que es real, se compone mayormente del saber cómo nos podemos librar de la furia de los elementos y como conseguir alimentos para que el cuerpo siga funcionando. En esto tan prosaico se agota la necesidad real de conocer... que no es poco, por cierto.
Y no es poco, porque tanto para lo uno como para lo otro conviene saber geometría. Y no por nada, sino porque agiliza el pensar que, como todos ustedes saben, es la madre de todos los corderos. Así que, no lo duden, agénciense los Elementos de Euclides. Y deténganse en la definición de punto: lo que no tiene partes. El día que comprendan qué quiere decir eso, seguro que les será mucho más fácil preservarse de los elementos y conseguir el sustento.
¡Uf, qué día tengo!
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