miércoles, 24 de julio de 2024

Así lo quiere Dios

Me envía Santi una recreación del Templo del Monte. Es decir, el que en los viejos tiempos hubo en Jerusalén. Que haya existido una cosa así es impensable hasta para las mentes más calenturientas. Aunque por otra parte uno ve los delirios egipcios y ya no sabe qué pensar. Porque el caso es que cuando el ser humano se pone a hacer cosas el tiempo le cunde una barbaridad. Cuando pienso en el muro que construimos entre José María y yo en Bellmunt de Segarra en quince días ya me puedo creer cualquier cosa. 

En cualquier caso, pocas cosas, si es que alguna, más curiosas en la historia de la humanidad que todo lo que tiene que ver con el pueblo judío. Es tal la mezcolanza que han conseguido entre la ficción y la realidad que no es extraño que hayan dado, y sigan dando, tanto que hablar. En realidad, historia propiamente dicha de ese pueblo no sé si habrá más que lo de Flavio Josefo. Que, por cierto, salvo cuando relata lo del cuesco mortífero -casi diez mil muertes-, es bastante tostón. Los romanos tuvieron por allí muchas escaramuzas con los nativos lo mismo que las pudieron tener por aquí: las famosas guerras cántabras. Por lo demás, ya, entramos de lleno en los Evangelios con todo lo que hay alrededor de la pasión de Jesús. Pero, para entonces, los judíos ya andaban por el mundo adelante con su libro bajo el brazo. 

La verdad es que lo mejor que podría pasar es que los árabes consiguiesen expulsar a los judíos de Palestina. Y no es que se me ocurra a mí, que no otro es el pensamiento de muchos judíos ortodoxos. Y es que los judíos son para la humanidad como una especie de fermento que activa el proceso civilizatorio y por eso es conveniente que anden por ahí desparramados lo mismo que la anhidrasa carbónica anda por la sangre para facilitar los procesos que mantienen el pH equilibrado. 

En fin, si así son las cosas, será porque así quiere Dios que sean. En cualquier caso, el Libro de Libros ahí está con su declaración de obligaciones humanas que se mean encima de todas las posteriores declaraciones de derechos. ¡Derechos de qué! ¿A quién se le pudo ocurrir semejante pendejada? El ser humano, para poder convivir, solo puede tener obligaciones, las que con tanta precisión están descritas en las tablas que Moisés bajó del monte. Ahí está toda la sabiduría que se necesita para que el mundo funcione. Pero, claro, luego llega el maligno y se saca de la manga lo de los derechos y todo se empieza a joder. Ya digo, será porque así lo quiere Dios.  

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